El 22 de Octubre es el día, en el que la Iglesia nos recuerda, que hubo un hombre, sencillo y profundamente mariano, que transformó nuestra fe, que nos contagió alegría, y que nos aupó a todos a la barca de Pedro, como hasta ahora no se había logrado.
Y...¿cómo lo hizo?
Diez opciones, diez prioridades, diez campos pastorales
recorridos y bendecidos por Juan Pablo II: Los enfermos, la familia y la
vida, los jóvenes, la paz y los derechos del hombre, los viajes,
España, los santos y beatos, el ecumenismo y el diálogo interreligioso,
la modernidad, María
Los enfermos
Juan Pablo II fue el Papa enfermo de los enfermos.
La enfermedad le ha acompañado de manera permanente y lacerante durante
todo su ministerio petrino desde el atentado del 13 de mayo de 1981. Nos
sobrecogió su imagen doblada por la edad y el deterioro físico,
mientras se engrandecía su figura moral. Sus últimos meses del dolor y
de la cruz fueron preludio fecundo la pascua.
Juan Pablo II fue testimonio inequívoco de que la fuerza actúa en la
debilidad y de que la enfermedad es tiempo privilegiado para compartir
la cruz de Jesucristo, la única realidad que nos salva. Juan Pablo II
siempre expresó su gran cercanía, plegaria y solidaridad con los
enfermos y hasta la muerte, además con el ejemplo admirable de su propio
cuerpo crucificado.
La familia y la vida
La encíclica “Evangelium Vitae” y la carta apostólica “Donum Vitae”
fueron quizás los documentos pontificios más representativos de su
magisterio sobre la familia y la vida, otras dos de las realidades que
más han ocupado y preocupado a este Papa, Papa también de la familia y
de la vida. Juan Pablo II defendió y promovió la familia como la célula
básica de la sociedad, como el santuario de la vida, como la esperanza
de la Iglesia y de la humanidad, como la escuela de los mejores valores
cristianos y humanos.
Con valentía y coherencia sin iguales, Juan Pablo II defendió el
derecho sagrado y absoluto de la vida, desde su concepción hasta su
ocaso natural, en cualquier circunstancia y situación para el mundo
occidental y para el Tercer Mundo. La vida y la familia en suma eran
para él dones de Dios, que no pueden ser objeto de debates, recortes y
atropellos en sus inviolables derechos.
Los jóvenes
Una de las características más acusadas del Pontificado de Juan Pablo
II fue su sintonía y cercanía con los jóvenes. No cabe ninguna duda que
fue el Papa de los jóvenes. Si hubiera alguna duda al respecto las
millonarias cifras de jóvenes congregados junto al Papa en las Jornadas
Mundiales de la Juventud y en otros encuentros juveniles hablarían por
sí solas.
¿Cuál fue el “secreto” de este extraordinario carisma de un Papa
incluso anciano y enfermo con los jóvenes? La sinceridad y la
autenticidad con que el Papa les hablaba, el afecto que rezumaban sus
palabras y sus gestos hacia ellos, el testimonio coherente de su propia
vida, la herencia de quien en sus años de sacerdote en Cracovia trabajó
con los jóvenes en la pastoral universitaria y parroquial, la claridad y
fuerza convincente del mensaje predicado… Juan Pablo II fue y sigue
siendo el Papa de los jóvenes. Que se lo pregunten sino -ahora en las
vísperas de la JMJ 2011 Madrid- a los 750.000 jóvenes que se congregaron
con él el 3 de mayo de 2003 en Cuatro Vientos, en Madrid, o en Roma, o
en Denver, o en Manila, o en Santiago, o en Toronto…
La paz y los derechos del hombre
“¡La guerra es la derrota de la humanidad. Nunca más la guerra!” “Yo
pertenezco a aquella generación que ha vivido la Segunda Guerra Mundial y
ha sobrevivido. Tengo, por tanto, el deber de decir a los que sois más
jóvenes que yo: ¡Nunca más la guerra!”. Son las anteriores algunas de
las muchísimas frases y llamadas del Papa Juan Pablo II en favor de la
paz. No cabe ninguna duda en afirmar que él fue el principal profeta y
testigo de la paz de las últimas décadas. La coherencia de su magisterio
sobre la paz ha venido además confirmado por sus gestos y acciones en
favor de este don de dones que es el paz.
Recordemos sus intervenciones por la paz en los conflictos con Irak
de los años 1991 y 2003. O su permanente compromiso por la paz ante la
guerra que no cesa en Tierra Santa, en el país de Jesús. O su actitud
tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. O las jornadas de ayuno
y oración por la paz en Asís de los años 1986, 1993 y 2002. Y es que la
guerra es la derrota de la humanidad. Nade se consigue y arregla con la
guerra; todo se puede conseguir y arreglar con la paz.
El Papa Juan Pablo II fue el Papa del hombre, el Papa de los derechos
del hombre. El título de su primera encíclica, en marzo de 1979, no
podía ser ya más significativo y emblemático: “Redemptor hominis”, “El
redentor del hombre”, que evoca con las primeras palabras como Papa en
el atardecer del 16 de octubre de 1978: “No tengáis miedo: abrid las
puertas a Cristo. Sólo El conoce la verdad y el corazón del hombre”.
En sus viajes por la rosa los vientos de los cinco continentes fue
sido un extraordinario campeón y defensor de los derechos del hombre, de
todo hombre, especialmente de los que sufren por cualquier causa. “El
hombre es el camino de la Iglesia afirmó. Veintiséis años y medio
después la frase quedó más que confirmada y avalada por los hechos de
este Papa del hombre y de sus derechos.
Los viajes
Fue precisamente ésta, su índole de Papa viajero, una de las
características más destacadas y fecundas del espléndido Pontificado de
Juan Pablo II el Grande, de Juan Pablo II el Magno. En su condición de
Pastor de la Iglesia universal, de vicario de Cristo en la tierra, el
Papa Juan Pablo II se hizo presente en el mundo entero. En tiempos de
globalización, él, que acuñó la interpeladora frase de la “globalización
de la solidaridad”, visitó y conoció de primera mano iglesias
consolidadas, nacientes, en dificultades, en crecimiento, separadas, en
medio de las distintas vicisitudes y circunstancias de la sociedad de
los últimos veinticinco años. Su mensaje fue constante, nítido,
profético, evangélico. Como si de un hilo conductor se tratara, Juan
Pablo II fue proponiendo y repitiendo a los habitantes de nuestro
planeta aquellas palabras suyas del atardecer del memorable 16 de
octubre de 1978: “¡No tengáis miedo! Abrid las puertas a Cristo. Sólo Él
es el redentor del hombre”. Desde esta premisa fundamental, desde este
frontispicio, se convirtió también en el Papa de los viajes.

España
En los próximos días 3 y 4 de mayo se cumplen el octavo aniversario
de la V Visita Apostólica a España del Papa Juan Pablo II. Fueron 40
apasionantes horas de gracia y de efusión. “Seréis mis testigos” era el
lema de aquella memorable visita en la que, una vez más, se comprobó
fehacientemente el gran amor de los españoles hacia el Papa y del Santo
Padre hacia España.
En noviembre de 1982 Juan Pablo II visitaba por primera vez España.
Fueron diez días para la Historia. Recorrió 18 ciudades, pertenecientes a
10 Comunidades Autónomas. Fue “huracán Wojtyla” sobre nuestra piel de
toro. En octubre de 1984 regresó durante 16 horas a Zaragoza. María y la
evangelización de América fueron los reclamos y desafíos. Santiago de
Compostela, Oviedo y Covadonga fueron los escenarios de su tercera
visita como apóstol de los jóvenes y peregrino de la fe. Volvió en junio
de 1993 a Andalucía occidental y a Madrid. Diez años después, en mayo
de 2003 –como queda evocado- regresó a España y nos llamaba a ser fieles
a nuestra historia de fe.
Santos y beatos
Juan Pablo II beatificó a más de mil quinientos cristianos y ha
canonizado a otro medio millar. Fue el Papa que realizó el mayor número
de beatificaciones y de canonizaciones de toda la historia. Fue el Papa
que, en la carta apostólica “Novo millennio ineunte”, señaló como
principal reto de la Iglesia del tercer milenio la vocación a la
santidad, la pastoral de la santidad.
Juan Pablo II enriqueció el santoral y la vida de Iglesia con
cristianos tan excepcionales como San Pío de Pietrelcina, Santa Edith
Stein, San Josemaría Escrivá de Balaguer, San Maximiliano Mª Kolbe,
Santa Faustina Kowalska, los Beatos Juan XXIII y Madre Teresa de Calcuta
o aquellos cinco recientes y extraordinarios santos españoles de mayo
de 2003: San Pedro Poveda, san José María Rubio, Santa Genoveva Torres
Morales, Santa Angela de la Cruz y Santa María Maravillas de Jesús.
Ecumenismo y diálogo interreligioso
El ecumenismo y el diálogo interreligioso fueron a lo largo de los
cerca de 27 años del pontificado del Papa Juan Pablo II uno de sus
principales quehaceres y empeños. Juan Pablo II fue el primer Papa de la
historia en publicar y firmar una encíclica sobre la unidad de los
cristianos. “Ut unum sint” es el título de este destacado documento
pontificio del año 1995. En él propuso a todas las confesiones
cristianas un diálogo teológico y pastoral del máximo nivel sobre el
modo de concebir y de practicar el ministerio petrino.
Juan Pablo II fue el Papa del perdón y de la reconciliación,
privilegiados e insoslayables caminos para la unidad y el encuentro.
Basta recordar aquella memorable celebración en marzo de 2000 en la
Basílica de San Pedro de Roma en petición de perdón por los errores del
pasado, entre los que se encontraban aquellos que ocasionaron la
separación de los cristianos.
El diálogo con las otras religiones fue otra de las características
más acusadas de su pontificado. Baste recordar su visita y plegaria ante
el muro de las lamentaciones de Jerusalén en marzo de 2000 y la
petición de perdón por el trato injusto hacia los judíos. En abril de
1986 Juan Pablo II visitaba la sinagoga de Roma y llamaba al pueblo
judío “nuestros antepasados en la fe”. El Papa Juan Pablo II oraba en la
mezquita de Damasco en mayo de 2001 y reconocía convergencias con el
Islamismo en su servicio y adoración al Dios único.
En tres ocasiones, supo congregar y reunir como nadie a los líderes
de las principales religiones del mundo para orar por la paz. Asís fue
el lugar elegido en estas tres ocasiones, en octubre de 1986, enero de
1993 y enero de 2002. Juan Pablo II es el Papa del diálogo porque es el
Papa del hombre, de la dignidad insoslayable de toda persona humana y
del necesario reconocimiento del otro.
La modernidad
Los orígenes familiares, sociales, culturales e intelectuales de
Karol Wojtyla y su propia biografía y trayectoria humana hicieron de él
un hombre de la modernidad. No se trata de una modernidad vacía y sólo
de palabras y consignas al uso. Es una modernidad desde las certezas.
Es la modernidad que destila su encíclica de 1998 “Fides et Ratio”,
donde sienta los sólidos fundamentos y convergencias en la relación fe y
razón. Es la modernidad de su extraordinario carisma mediático y
comunicativo. Es la modernidad de quien entendió su ministerio petrinio
como itinerante, convirtiéndose en el párroco de la aldea global. Es la
modernidad de quien conoce el corazón del hombre. Es la modernidad de
quien completó su preparación teológica con una extensa y profunda
formación filosófica y moral. Es la modernidad de quien fue obrero,
actor, poeta.
“Totus tuus”
Octubre es el mes del rosario desde tiempos del Papa León XIII. Desde
2002-2003, Año del Rosario, instituido por el Papa Juan Pablo II, lo es
mucho más. “El rosario -afirmó Juan Pablo II pocos días después de su
elección pontificia- es mi oración preferida”. El rosario es contemplar
el rostro de Cristo con los ojos y el corazón de María. El rosario es la
oración del pueblo. Es el compendio del evangelio. Es la oración de la
familia y de la paz. Es un tesoro por aprovechar y recuperar. Es cadena
dulce que nos une a Dios.
Para enriquecer todavía más el rosario y para mostrarnos su auténtica
dimensión de oración contemplativa y activa que nos muestra el rostro
de Jesucristo y el evangelio, el Santo Padre incorporó en octubre de
2002 los misterios luminosos a rezar los jueves. Son los misterios de
la vida pública del Señor. Así tenemos ya la síntesis del evangelio y
del rostro del Señor: los misterios gozosos -encarnación, nacimiento e
infancia-, los misterios luminosos -vida pública-, misterios dolorosos
–la Pasión- y los misterios gloriosos -la pascua de Jesucristo y de su
Madre María.
Jesús de las Heras Muela