CONOCE NUESTRA TRADICION MARIANA Y CARMELITA
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- LA DEVOCIÓN A LA VIRGEN DEL CARMEN EN ÍLLORA
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- LITURGIA CARMELITANA
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- UN POEMA PARA ELLA.
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BENDICIÓN DE MASCOTAS Y ANIMALES DE COMPAÑÍA
PARROQUIA DEL CERRILLO DE MARACENA
GRUPO DE ORACIÓN "REINA DE LA PAZ Y PADRE PÍO" CERRILLO DE MARACENA
SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS
NUESTRA MADRE DEL CARMEN DE ÍLLORA
Nuestra Señora del Carmen from Bernardo Díaz on Vimeo.
CELEBRACIÓN VIRGEN DE LOURDES 2018 EN LA PARROQUIA DE ÍLLORA
lunes, 17 de diciembre de 2012
18 DE DICIEMBRE: LA VIRGEN, ESPERANZA DE TODA LA HUMANIDAD
Hoy entra María, por derecho propio y por la
puerta grande, en las celebraciones de la Iglesia, de la mano de san Lucas,
cronista exquisito del Evangelio de la Infancia, que descorre el velo del
Misterio para mostrarnos el retablo viviente de Nazaret: anunciación de Gabriel,
consentimiento de María, bajada del Espíritu, concepción virginal del Verbo
encarnado. Lucas ambienta todo esto con trazos certeros y finas pinceladas,
tales como el anuncio y el nacimiento de Juan el Bautista, con el himno
mesiánico de su padre Zacarías; más el encuentro sublime entre María y su prima
Isabel, con el broche asombroso del
Magnificat.
El alborozo mariano de estas antevísperas
navideñas quedó plasmado, hace más de trece siglos, en la fiesta de María,
Madre del Señor, instituida por el X Concilio de Toledo, en el primero de
sus cánones: «… declaramos y mandamos que el octavo día, antes del nacimiento
del Señor, se consagra con toda solemnidad al honor de su Madre. De esta manera,
así como la natividad del Hijo se celebra durante ocho días seguidos del mismo
mes, podrá tener una Octava la festividad sagrada de María».
Afincada en la liturgia visigótica y mozárabe, en
el día dieciocho de diciembre, esta fiesta de María, Madre del Señor, ha
tenido en España, hasta hace poco, un arraigo singular, con dos nombres, a cual
más sugerente, no sé si sucesivos o alternativos:
La Expecta - ción del parto de Nuestra Señora y
Santa María de la O.
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Tres vocablos castellanos se cruzan en el corazón
humano, la espera, la esperanza y la expectación. La espera, interpretada
magistralmente por Samuel Beckett en su obra teatral Esperando a Godot,
consiste en aguardar a una persona o acontecimiento, ignorando si vendrá o no
vendrá, en una inercia indefinida y borrosa, sin hacer nada por cuenta propia.
En contraste con la esperanza, sabiamente estudiado por Laín Entralgo; ésta sabe
muy bien lo que quiere, lo desea con ardor, lo prepara activa-mente y está
segura de que llegará. En cristiano, es virtud teologal que tiene a Dios como
impulso y como destino.
Por expectación se entiende una tensión alegre del
espíritu ante un acontecimiento grande e inminente; tiene mucho de deseo
ardiente y de impaciencia anhelante. Es lo que experimentaron el anciano Simeón
y la profetisa Ana, antes de tener en sus brazos al Salvador; y, de otra manera,
lo que vivieron José y María, buscan-do ya sitio en Belén, desde la adoración
confiada de los designios de Dios. La sien-ten asimismo muchas almas santas, que
buscan insistentes al Señor, con el corazón de par en par: ¡Ven, Señor Jesús!
La expectación está muy cerca del asombro, que es
precisamente lo que indica la exclamación ¡Oh!, que en latín no lleva h, y abre
el canto gozoso de las antífonas del Oficio de Vísperas en los siete días
anteriores a la Navidad. Ejemplo: «¡Oh, Sol que naces de lo alto, Resplandor de
la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en
tinieblas y en sombra de muerte!» María de la O, María del asombro, del estupor
sagrado y de la contemplación extática del misterio de Cristo. ¡Oh, clemente; oh,
piadosa; oh, dulce Virgen María.
+Antonio Montero Moreno
arzobispo emérito de Mérida-Badajoz
arzobispo emérito de Mérida-Badajoz
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La Expectación del
Parto de María,
Nuestra Señora de la Esperanza, la Virgen de la O
Nuestra Señora de la Esperanza, la Virgen de la O
El agudo y
entrañable sentido del año litúrgico, como resumen celebrativo de la historia de
la salvación, colocó en este día la hermosa fiesta de la Expectación del Parto
de la Virgen María. En la antigua liturgia hispánica –a veces conocida como
visigoda o mozárabe– ésta fue la fiesta más importante en honor de Santa María.
ORIGEN DE LA FIESTA
Es precisamente en
España donde comienza a celebrarse con asiduidad y fervor a partir del siglo VII.
En el mes de diciembre del año 656, durante el reinado de Recesvinto. tuvo lugar
la celebración del X Concilio de Toledo. Los obispos allí reunidos eran bien
conscientes de la importancia de recordar a María como protagonista
imprescindible en el misterio de la Encarnación del Señor. Y eran conscientes
también de las dificultades que el tiempo de primavera, en el que se celebra la
Anunciación a María y la Encarnación del Señor. oponía a la celebración
adecuada de esa fiesta. Así que, con buen sentido, en el primero de sus siete
cánones decidían colocar una fiesta especial en las vísperas esperanzadas de la
Natividad del Se-ñor:
«Porque en el día
en que el ángel comunicó a la Virgen la concepción del Verbo, no se puede
celebrar este misterio dignamente, a causa de las tristezas de la Cuaresma o las
alegrías pascuales, que con frecuencia coinciden con él, declaramos y mandamos
que el octavo día antes del nacimiento del Señor se consagre con toda solemnidad
al honor de su Madre. De esta manera. así como la Natividad del Hijo se celebra
durante ocho días seguidos, del mismo modo podrá tener también una octava la
festividad sagrada de María.,
Aquella iniciativa
se debía en gran parte al celo de Eugenio, el santo y sabio arzobispo de Toledo.
tan buen teólogo como delicado poeta. Sería aquél uno de los últimos actos de su
pontificado. Pero el mismo amor a esta fiesta profesaban San Fructuoso, que
acababa de ser elegido como obispo de Braga, y, sobre todo, San Ildefonso,
el inmediato sucesor de Eugenio en la sede toledana. A él, que tanto
escribió sobre María, se debe el texto de la misa —Erigamus quaeso— en
honor de la Virgen, que había de celebrarse el 18 de diciembre. Junto a estos
grandes padres de la Iglesia habría que mencionar a muchos otros testigos de la
fe en las tierras de Hispania.
Idéntica estima
profesaba el pueblo cristiano a esta «fiesta de Santa María". Tanto
es así que cuando hubo que abandonar el antiguo rito hispano para aceptar la
liturgia romana, lo hicieron a condición de que les fuera permitido conservar
esta hermosa y sentida celebración.
Como escribió fray
Justo Pérez de Urbel a propósito de esta fiesta, "la Expectación de María se
hace nuestra propia expectación. Nos preparamos al gran acontecimiento de la
historia universal, y entramos de lleno en el espíritu de estos días, que la
liturgia llama del Adviento: época de esperanza ansiosa, ca-minar sublime hacia
el reino de la luz. Ninguna peregrinación tan emocionante, ninguna odisea tan
extraordinaria y azarosa, ningún camino tan lleno de aventuras y maravillas».
NUESTRA SEÑORA DE LA
«O»
La fiesta de la
Expectación del Parto es también conocida como la "fiesta de Nuestra Señora de
la O». Ese título al parecer tan extraño tiene una motivación litúrgica muy
sencilla. En la tarde del día 17 de diciembre, la antífona que acompaña en las
vísperas al canto del _
Magnificat comienza con un "Oh» sonoro y admirado: "Oh
Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro
confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad. ven y muéstranos el camino de
la salvación». El mismo contenido cristológico, el mismo talante esperanzado. la
misma admiración agradecida evocan las antífonas que. hasta el día 23 de
diciembre, se inician cada tarde con ese "Oh" sorprendido y gozoso.
En este día 18 de
diciembre. la antífona del gozo y la esperanza nos hace revivir el anhelo de la
liberación y el temblor del elegido que vislumbra la presencia de Dios en un
fuego que no cede: «Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a
Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ven a librarnos con
el poder de tu brazo».
Al explicar el
significado de este día en su Año
Cristiano, el Padre Ribadeneira
observaba que. en la Iglesia de Toledo, «después de la oración de vísperas de
esta fiesta de la Expectación, todos los eclesiásticos que asisten al coro,
cantan el "Oh" sin tono y sin medida, para expresar el deseo y la ansiedad que
los santos padres del Limbo y todo el mundo tenía de la venida y de la natividad
de su Restaurador y Redentor universal».
En la actual
liturgia romana, este día es. por tanto, el segundo de las "ferias mayores".
Desde el día 17 de diciembre hasta la víspera de la Navidad, la celebración
litúrgica nos invita a entrar en un ambiente de especial recogimiento.
Acompañamos a la Madre de Jesús en su espera. Nos gozamos en la certeza de que
Dios ha renovado su alianza no sólo con el pueblo de Israel, sino con la
humanidad entera. Pensamos que la suerte humana no es una fábula sin sentido.
Nos sentimos amados por Dios. Y una vida entera no nos bastará para asimilar la
hondura de esta certeza.
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En la celebración
de la Eucaristía de este día se lee el texto evangélico que nos refiere el
nacimiento de jesucristo:
«La concepción de
Jesucristo fue así: La madre de Jesús es-taba desposada con José y, antes de
vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo.
José, su es-poso, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en
secreto. Pero apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un
ángel del Señor que le dijo: `:José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte
a María, tu mujer, por-que la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo.
Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su
pueblo de los pecados-. Todo esto sucedió para que se cumpliese lo
que había dicho el Señor por el profeta: Mirad: la virgen concebirá y dará a luz
un hijo, y le pondrán por nombre Enmanuel (que significa: `Dios con nosotros").
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor, y se
llevó a casa a su mujer» (Mt 1, 18-24).
Gracias a María,
Dios se hace Enmanuel. La larga esperanza de Israel llega a su cumplimiento. Y
en el misterio del nacimiento de Jesús se colman también las esperanzas
inexpresadas de todos los pueblos de la tierra.
EL AGUARDO DE LOS
SIGLOS
En estos días
últimos del Adviento, la liturgia evoca la larga esperanza de Israel, recordando
algunos textos de los profetas. Entre ellos sobresalen los antiguos poemas que
se incluyeron en el libro de Isaías. En ellos se anuncia el nacimiento de una
rama que anticipa la primavera diseñada desde siempre por Dios: <Aquel día el
vástago del Señor será joya y gloria, fruto del país, honor y ornamento para los
supervivientes de Israel» (Is 4, 2).
Un descendiente de
la casa de Jesé y de su hijo David aportará una salvación que supera lo mejor de
las esperanzas antiguas: <<Mirad, la raíz de Jesé descenderá para salvar a los
pueblos: la buscarán los gentiles y será glorioso su nombre» (Is 11, 10).
En otro de los
poemas, la oración del creyente adquiere resonancias cósmicas. La naturaleza
entera es invitada a dar a luz la salvación anhelada: «Cielos, destilad el
rocío; nubes, derramad al Justo. Ábrase la tierra y brote la salvación (Is 45,
8).
Pues bien, esa
salvación esperada se encuentra pendiente de la decisión de María, como subraya
un sermón de San Bernardo
que la liturgia nos ofrecerá en estos próximos
días: »Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo: oíste que no será
por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda
tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También
nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia,
esperamos, Señora. esta palabra de misericordia».
María,
efectivamente, acogió aquella palabra que el ángel le anunciaba. Y la historia
humana se llenó de la palpitación de Dios. Como predicaba San Agustín,
»María es bienaventurada porque oyó
la palabra de Dios y la puso en práctica: porque más guardó la verdad en la
mente que la carne en el vientre. Verdad es Cristo, carne es Cristo. Verdad en
la mente de María, carne en el vientre de María». Retomando este juego de
palabras, también Juan Pablo II, en la encíclica sobre la Madre del Redentor
recuerda que María concibió a su Hijo en la mente antes que en el seno:
precisamente por medio de la fe (RMA, n. 13d).
La fiesta de la
Expectación del Parto nos presenta a María como la discípula que hace suya la
palabra de Dios y como la madre que va gestando al que es la Palabra eterna y
definitiva de Dios. Junto a ella y como ella, la Iglesia entera acoge y agradece
la palabra de Dios, da vida y anuncia al que es la Palabra del Dios vivo.
MESES LARGOS Y
LLENOS
La fiesta de la
Expectación del Parto nos ayuda a intuir las dimensiones a la vez divinas y
humanas de este misterio. El Hijo de Dios entra en la historia como el hijo de
una mujer que se hace las preguntas temblorosas de todas las madres, como ha
escrito Gerardo Diego:
"Cuando venga. ay, yo no sé
con que le envolveré yo,
con qué.»
con que le envolveré yo,
con qué.»
También José Luis
Martín Descalzo ha tratado de reflejar la experiencia de aquellos meses de
expectación. Todo el mundo parecía vivir la rutina acostumbrada. Sólo María
presentía que el mundo ya nunca podría ser igual. Ante la ignorancia general,
ella se preguntaba si la voz del ángel y el saludo entusiasmado de Isabel no
habría sido un sueño.
Volví (a Nazaret) ay
aquellos fueron
los meses más intensos de mi vida l...)
Y sólo yo entendía que el mundo había cambiado,
que el Redentor ya estaba entre nosotros,
por mí y en mí, creciendo en mis entrañas.
Alguna vez temía que todo hubiera sido un sueño,
pero aquel niño pesando en mis entrañas,
nacido sin varón, era la prueba
de que Dios se acordaba de nosotros (...)»
los meses más intensos de mi vida l...)
Y sólo yo entendía que el mundo había cambiado,
que el Redentor ya estaba entre nosotros,
por mí y en mí, creciendo en mis entrañas.
Alguna vez temía que todo hubiera sido un sueño,
pero aquel niño pesando en mis entrañas,
nacido sin varón, era la prueba
de que Dios se acordaba de nosotros (...)»
De la mano del
profeta Isaías, María pudo ir comprendiendo lentamente cómo podía ser virgen y
madre, porque era Dios el padre de aquella vida que latía en sus entrañas:
Al pensarlo sentía
unos enormes deseos de lloran
¡Dios. un Dios nuevo habitaba en la tierra,
iba a hacerse carne de nuestra carne
y yo tenía la infinita fortuna de prestarle la mía.r (...)
Y así llegó la hora de Belén.
¡Dios. un Dios nuevo habitaba en la tierra,
iba a hacerse carne de nuestra carne
y yo tenía la infinita fortuna de prestarle la mía.r (...)
Y así llegó la hora de Belén.
Como para cualquier
otra mujer, aquel tiempo de la espera quedaría para siempre grabado en la
memoria de María. Estaría lleno de significado y de esperanza:
Sí, nueve meses que se
me hicieron
infinitamente largos,
infinitamente cortos,
infinitamente dulces,
infinitamente llenos.
infinitamente largos,
infinitamente cortos,
infinitamente dulces,
infinitamente llenos.
LA ESPERA Y LA TAREA
El arte medieval
gustó de representar a veces a María con un vientre levemente abultado, sobre el
que se posa con dulzura una de sus manos.
La virgen-madre se
convertía así en icono de la esperanza cristiana. Como María, también la
comunidad está llamada a aceptar virginalmente, es decir, gratuita e
inmerecidamente, el futuro prometido por Dios y la salvación por él ofrecida.
Pero como María, la comunidad sabe que ese futuro y esa salvación habrán
de pasar por la colaboración temblorosa y humilde de sus propias fuerzas. Este
juego de palabras ha sido acogido y explicado por Juan Pablo II en su encíclica
sobre la Madre del Redentor (n. 43).
Lo que la Iglesia
ha aprendido de María se hace también realidad en la vida concreta de cada uno
de los creyentes. En el mundo de la gracia. la maternidad –y también la
paternidad– es siempre virginal, puesto que de Dios brota y en él se afianza y
ofrece. Pero la virginidad es siempre –ha de ser siempre– maternal y fecunda,
puesto que la gracia nunca permanece estéril en quien le presta acogida y
disponibilidad.
Naturalmente, estas
convicciones trascienden el ámbito de la vida biológica y se refieren a la
totalidad de la existencia. No hay esperanza verdadera si el aguardo no se
convierte en dina-mismo creador. Pero ese dinamismo revela su íntima vacuidad y
sin sentido cuando no se apoya en la fuerza misteriosa del don y de la gracia.
En la fiesta de la
Expectación del Parto, vuelven a nuestros labios las hermosas palabras de la
Salve: «Vida, dulzura, esperanza nuestra, Dios te salve». La saludamos con
las palabras que Dante Alighieri pone en boca de San Bernardo para llamarla
«hija de tu Hijo«.
Hoy los cristianos
se asoman a los profundos hontanares de la esperanza y la alegría para calmar la
sed del aguardo y la nostalgia. Las búsquedas humanas se abren al hallazgo y al
encuentro. Dios se hace vecino y amigo de la causa humana. Y
María enseña a preparar los mil detalles para
acogerlo con amor y con verdad.
Y a la vista de
esta Madre que espera y enseña a esperar al que es la Vida, los creyentes oran
por todas las madres que aguardan el momento oportuno para ver al fruto de sus
entra-ñas. Oran y se comprometen a hacer más gozosamente aceptable el misterio
de la vida y la fiesta del nacimiento de los que son hijos del Dios del amor,
aun antes de ser hijos del amor humano.
JOSÉ-ROMÁN FLECHA
ANDRÉS
Iconografía: En
el tiempo del Adviento y cuando la liturgia canta a María con las exclamaciones
en "O" se la representa en avanzado estado de gestación, con su
vientre abombado en forma de "O" y con su mano sobre el vientre apuntando que
allí está el Hijo de Dios, que pronto nacerá.
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