GRUPO DE ORACIÓN "REINA DE LA PAZ Y PADRE PÍO" CERRILLO DE MARACENA

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NUESTRA MADRE DEL CARMEN DE ÍLLORA

martes, 22 de mayo de 2012

SAN JUAN DE ÁVILA.... LA SENCILLEZ Y HUMILDAD DE UN SERVICIO A LA IGLESIA

El primero de mayo de nuevo y casi transcurridos 500 años, San Juan de Ávila pisaba tierras granadinas, llegando hasta las faldas de Sierra Nevada para ser recibido el relicario del Maestro en la Abadía del Sacromonte ante una expectación por ver de nuevo a aquel sacerdote que en el siglo XVI enamoró a los locales con sus sermones y su amor a Cristo.
La recepción por el Cabildo Colegial de canónigos de la Abadía y la Hermandad del Sacromonte, fue el inicio de una visita a la Archidiócesis de Granada. Se comenzó con una procesión hasta el interior del templo, continuando con una alocución sobre la vida y obra del Maestro, mostrándonoslo como “Un santo de Nuestro Tiempo”, el rezo de vísperas terminó con la veneración de las reliquias.
Desde el miércoles día 2 la visita continuó en la Parroquia de San Juan de Ávila, los fieles esperaban a las puertas del templo de La Chana para conocer más sobre el Maestro de Santos que da título a su Parroquia. El viernes, tuvo lugar la tercera ponencia de las tres preparadas en esta parroquia, sobre la figura de San Juan de Ávila, que estuvo a cargo del Rector del Santuario de Montilla, después tuvo lugar la Santa Misa cantada por el coro de la iglesia parroquial de San Juan de Ávila y presidida por el Arzobispo de Granada Excmo. y Rvdmo. D. Francisco Javier Martínez. Desde aquí damos las gracias a la hospitalidad de los sacerdotes, el párroco D. Rogelio y al alma mater de esta visita D. Francisco Mingorance.
El fin de semana, las reliquias llegaron a la Basílica de San Juan de Dios, Santo fundador de la orden hospitalaria y que se convirtió tras oír un sermón en la antigua Ermita de los Mártires al Maestro Juan de Ávila, justo el día de San Sebastián de 1537, Juan Ciudad, el librero portugués que hacía su venta en la Puerta de Elvira, pasó a ser Juan de Dios. Los niños de primera Comunión e incluso una boda, fueron testigos del paso de las reliquias por el templo impresionante que guardan celosamente los restos del Santo que en su día tomaron por loco por llenar el aire de voces y confesar públicamente sus pecados. En la tarde de ese mismo día y cuando el tiempo daba una tregua, cesando la lluvia que hasta ese momento había caído de forma incesante, las reliquias fueron trasladadas por los jóvenes cofrades en procesión, con estandartes y varas hasta la Santa Iglesia Catedral. Allí se recibieron con las Vísperas Solemnes y con exposición del Santísimo. La oración en estas Vísperas estuvo dirigida por las Hermanitas del Cordero con la participación de la vida consagrada granadina.
El domingo, las reliquias presidieron la Eucaristía, con el Arzobispo Mons. Javier Martínez que en su homilía ensalzó las obra del Apóstol de Andalucía en tierras granadinas, tras la Santa Misa, el propio Arzobispo dio a besar el corazón del Maestro de Santos a todos y cada uno de los fieles que se congregaron en la Catedral  de la capital de la Alhambra, agradeciendo su presencia y dándoles sus Bendiciones.
El último destino de la acogida de las reliquias de San Juan de Ávila en Granada fue el Seminario Mayor “San Cecilio”, donde llegaron el lunes tras el rezo de Laudes en la Catedral. En el seminario diocesano, los jóvenes se encargarán de realizar una vigilia de oración junto con las reliquias. Un montaje multimedia con música y narración en directo sobre la vida de San Juan de Ávila hicieron que todos los presentes se emocionaran al conocer la profundidad y veracidad del “Amor a Dios” del próximo Doctor de la Iglesia, la recreación de los diálogos en sombras proyectadas con San Juan de Dios y Santa Teresa de Jesús llegaron a los jóvenes seminaristas, así como a religiosos y religiosas y todos los jóvenes estudiantes y comprometidos con Cristo que llegaron esa noche hasta el Seminario granadino. Destacar el mimo que pusieron en su trabajo tanto seminaristas como el grupo músico-vocal de estudiantes.
La última jornada en Granada, las reliquias del Patrón del Clero Diocesano Español presidieron la Jornada sacerdotal que tuvo lugar en el Seminario Mayor “San Cecilio” y con la que se celebraron el aniversario sacerdotal de 50 y 25 años de ordenación de un grupo de presbíteros de la Diócesis. Entre ellos el Rvdo. D. Antonio Maldonado Correa, S.I. que estuvo hace varios años en el Santuario de San Juan de Ávila en Montilla como Jesuita.
La Jornada sacerdotal comenzó con el rezo de la Hora Intermedia y a continuación la conferencia “San Juan de Ávila y nosotros”, a cargo de María Encarnación González Rodríguez, Directora de la Oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española y Postuladora de la Causa del Doctorado de San Juan de Ávila. La ponente recomendó la lectura del Sermón 21, que está escrito en Granada y que se encuentra en el tomo III, página 256 de las Obras Completas.
La Misa de Acción de Gracias y la comida con todos los sacerdotes, concluyeron con una semana intensa, donde San Juan de Ávila, casi 500 años después, continuaba con su apostolado por la ciudad donde tantos buenos amigos hizo y tantos santos ha dado para mayor Gloria de Dios.

¿QUIÉN ERA SAN JUAN DE ÁVILA?

Predicador, director espiritual y reformador

por Luis Fernando Figari

El Apóstol de Andalucía, como fue conocido Juan de Ávila, nace según se cree el 6 de enero de 1499, en Almodóvar del Campo (Ciudad Real), en la jurisdicción de Toledo. Fue hijo de un acaudalado descendiente de cristianos nuevos, Alonso de Ávila, y de Catalina Xijón (1), hidalga de sangre, quienes constituían un hogar cristiano piadoso. En Almodóvar realiza Juan sus primeros estudios, pasando luego, en 1513, a estudiar leyes en Salamanca. Luego de cuatro años, abandona sus estudios jurídicos y regresa al ambiente familiar, donde vive en aislamiento en la casa de sus padres. Dado a una intensa vida espiritual en que se confesaba a menudo, vio nacer una vigorosa piedad eucarística manifestada en sus largas y frecuentes visitas al Santísimo y en la unción con la que comulgaba. Esta situación parece responder según fray Luis de Granada (2), su primer biógrafo (3), a que «le hizo Nuestro Señor merced de llamarle con un muy particular llamamiento». Al tiempo reanuda sus estudios sistemáticos, pero esta vez no de leyes.
En 1520 se le encuentra cursando artes, pero ya no en Salamanca sino en Alcalá de Henares. Fue alumno de fray Domingo de Soto, O.P. (4), quien enseñaba desde una renovadora perspectiva escolástica. Culminada esta etapa con el grado de bachiller, continuará en Alcalá por un trienio sus incompletos estudios de teología. El Cardenal Francisco de Cisneros (5), fundador de la universidad complutense, había establecido el sistema de cátedras paralelas en las que se exponía los sistemas del hoy Beato Juan Duns Scoto, de Santo Tomás de Aquino y de los Nominales, en alusión al nominalismo (6). Existe una muy remota posibilidad de que quizás en 1526 conociera en Alcalá a Iñigo López de Loyola (7), más adelante fundador de la Compañía de Jesús. En 1526, sale de la universidad formado en la corriente trisistémica renovada de Alcalá (8). Estaba ya entonces decidido a ordenarse y embarcarse a América como misionero.
Cabe señalar que antes de finalizados sus estudios, fallecieron sus padres, legándole una gran fortuna, cuyos beneficios repartió entre los pobres. El mismo año de 1526, recibe el sacramento del Orden, y canta su primera misa en memoria de sus progenitores. Luego de la celebración del Santo Sacrificio, según relata fray Luis de Granada: «por honra de la Missa, en lugar de los banquetes y fiestas que en estos casos se suele hacer (como persona que tenía ya mas altos pensamientos) dió de comer à doce pobres y les sirvió à la mesa y vistió y hizo con ellos otras obras de piedad». 

Apostolado andaluz

Juan de Ávila nunca partió para las entonces llamadas Indias. Falló su deseo de ir a Nueva España (México). Otros eran los designios del Altísimo. El Arzobispo Alonso Manrique (9), entonces Inquisidor General, le mandó quedarse en Sevilla, iniciándolo en la predicación, con la que tan notables servicios prestaría al Pueblo de Dios.
Desde un principio se vinculó con él un grupo de clérigos, que se reunían para ahondar en su formación espiritual y pastoral. Si bien además de la celebración de los sacramentos, en particular la Eucaristía, la predicación era su principal ministerio, desde un primer momento Ávila mostró predilección por la atención de hospitales y por la doctrina de los niños y jóvenes. Corriendo el tiempo sería un gran promotor de escuelas, y un pedagogo de talla, cuya influencia se prolongaría a lo largo del tiempo.
Su predicación lo hizo popular, realizando misiones en la zona de Andalucía. En 1531 fue denunciado a la Inquisición acusado de haber proferido algunas proposiciones sospechosas. Tras el proceso informativo del Santo Oficio, fue puesto en prisión, donde permaneció debido a esas acusaciones hasta julio de 1533. Sometido a un interrogatorio "preliminar", y luego de responder a varios cargos que se le hacían, «todos los dichos inquisidores y letrados fueron unánimemente de parecer que el dicho bachiller de Ávila fuese absuelto de la instancia de juicio».
Ávila quedaba libre. La Inquisición le mandaba moderarse en sus expresiones para evitar malas interpretaciones y escándalo entre los feligreses. El proceso del Santo Oficio purificó y templó aún más la vida interior del Santo. Eran tiempos confusos, en los que el límite entre la ortodoxia y las novedades peligrosas para la fe estaban fijándose. Eran también tiempos de sospechas y pasiones, donde fácilmente se levantaban falsos testimonios. No fueron pocos los fidelísimos a la Iglesia que cayeron bajo la celosa penitencia de los custodios de la Inquisición. Ellos, sin embargo, fueron siempre respetuosos de la acción del Santo Oficio, apresurándose a purificar sus obras de cuanto errado o confuso pudiera dar pie a «frisar con el lenguaje y frases de los herejes», como decía San Francisco de Borja en un conocido sermón.
Luego de permanecer un tiempo en Sevilla, se marcha a la ciudad de los Califas. Para 1535, está en Córdoba, donde hace conocer el manuscrito del Audi, filia, elaborado a poco de salir de la prisión. Al año siguiente lo descubrimos en Granada, donde encuentra a Juan Ciudad Duarte, mejor conocido por nosotros como Juan de Dios (10), a quien encamina por senderos que le harán alcanzar la perfección en la caridad y cuyas virtudes serán públicamente reconocidas por la Iglesia. Es en ese tiempo que se vincula fraternalmente con Luis de Granada (11), el conocido fraile dominico cuyas obras espirituales se editan hasta nuestros días.
Es también en Granada donde ocurre aquel famoso episodio con otro hombre que alcanzará los altares, Francisco de Borja (12). Para mediados de mayo de 1539, llegó a la ciudad el Duque de Gandía acompañando el cadáver de la emperatriz Dña. Isabel. El sermón en la Catedral estuvo a cargo de Juan de Ávila, quien después fue llamado para dialogar por el futuro San Francisco, quien le solicitó consejo. Según pone Luis Sala en su biografía, sería luego del diálogo espiritual entre Juan y Francisco que este último habría quedado «pensativo, abrigando en su ánimo un propósito: no más servir a señor que se pudiera morir». Según esto, parecería haber intervenido San Juan de Ávila en las cavilaciones de San Francisco al ver marchitarse rápidamente los restos mortales de la emperatriz.
En las más de 250 cartas suyas que se conservan se encuentra el testimonio de su diálogo epistolar con personas de vida cristiana ejemplar, entre ellas algunos santos hoy canonizados. Así por ejemplo con San Juan de Dios y San Francisco de Borja, así como con San Ignacio de Loyola, San Juan de Ribera (13) y Santa Teresa de Jesús (14).
Al parecer es en Granada donde finaliza sus estudios de teología, que había dejado inacabados, pues es allí donde por primera vez se le da el título de Maestro.
Como su modelo San Pablo, como predicador es infatigable, «insiste a tiempo y a destiempo» (15). Hacendoso por el anuncio de la Buena Nueva, predica, da consejo espiritual, ayuda a los pobres, enseña la doctrina cristiana. Desde Granada inicia la «evangelización metódica» (16) avanzando por las villas y las ciudades año tras año. El Maestro Juan de Ávila venía reuniendo discípulos en torno suyo. Algunos son laicos, otros son sacerdotes. Entre estos últimos se encuentran quienes conforman un movimiento de «sacerdotes operarios y sanctos». Se llega a hablar hoy de «San Juan de Ávila y su escuela», de su «escuela sacerdotal» (17), incluso de «un movimiento sacerdotal de tipo reformardor». Uno de los objetivos principales del Santo es la reforma eclesial, y para ello ve como buen camino la fundación de institutos educativos para niños, jóvenes y para candidatos al sacerdocio. Su estilo catequético pasará, a través de sus discípulos, a jesuitas, carmelitas y seculares, plasmándose en el estilo pedagógico de la enseñanza de la doctrina que se difunde mucho en el siglo XVI español.
San Juan y los suyos fundan unos quince colegios menores y mayores, sin contar las escuelas para seminaristas que fundó o inspiró en Granada, Córdoba y Évora, en Portugal. Entre ellos destaca la universidad de Baeza, en Jaén. Mientras crecía su fama, se incrementaba el número de sus seguidores, y de los que recurrían a él para discernimiento espiritual. 

Reforma sacerdotal

Ávila era un convencido de la necesidad de la reforma, y para llevarla adelante cree en la necesidad fundamental de reformar al clero (18). ¡Urgen santos sacerdotes! En tiempos de Trento, en un memorial, sostiene: «Ya consta que lo que este santo Concilio pretende es el bien y la reformación de la Iglesia, y para este fin también consta que el remedio es la reformación de los ministros de ella. Y como éste sea el medio de este bien que se pretende, se sigue que todo el negocio de este santo Concilio ha de ser dar orden cómo estos ministros sean tales como oficio tan alto requiere. Pues esta sea la conclusión: que se dé orden y manera para educarles a que sean tales: y que es menester tomar el negocio de más atrás y tener por cosa cierta que, si quiere la Iglesia buenos ministros, conviene hacellos; y si quiere tener gozo de buenos médicos de las ánimas, ha de tener a su cargo de los criar y tomar el trabajo de ello; y sin esto no alcanzará lo que desea». Escribe dos memoriales para el Concilio de Trento, además de unas advertencias para el concilio que se realizaría en Toledo para aplicar Trento.
Es importante destacar que el principio de la recta instrucción y formación tiene para el Santo una muy importante base teológica y pastoral. No sólo está orientado a la reforma del clero y encaminado a la constitución de seminarios, sino también a la reforma de todos los demás fieles. Se podría decir que la instrucción y la internalización son para él fundamentales en su perspectiva pastoral de la urgencia de la reforma general. La fe que ilumina la mente y arde en el corazón es el camino de la reforma.
Los hoy conocidos memoriales de San Juan fueron escritos a petición del Arzobispo de Granada, don Pedro Guerrero, presidente de la delegación de los obispos españoles a Trento (19). En relación al primero, Mons. Guerrero explícitamente lo «hará suyo en el Concilio de Trento, con aplauso general», como dice el Papa Pablo VI (20). El tema que ha pasado a la historia es aquel de la reforma del clero y de los medios para ello. No se trata sólo de un catálogo de males en el clero; hay avisos prudentes y, más aún, medios prácticos para encontrar una solución. Para la reforma de las costumbres, el de Ávila no cree en la suficiencia de la leyes, por buenas que sean, por sí mismas. Ciertamente no confía en su condición de vis compulsiva. Más que en la conminación o el castigo cree en la educación, en la internalización de los valores, en la convicción personal. Así, dice en su primer Memorial: «Mas, como no haia fundamento de virtud en los súbditos para cumplir estas buenas leyes, y por eso le son cargosas han por fuerza de buscar malicias para contaminarlas y disimuladamente huir de ellas, o advertidamente quebrantarlas». Más que la compulsión propone el camino del conocimiento, la internalización y el amor; así, «los eclesiásticos» -que a ellos va dirigido principalmente el asunto- «facilmente cumplirán lo mandado; y aún harán más por amor que la ley manda por fuerza». 

Sacerdotes para la reforma católica

Hacia mediados de siglo andaba considerando la idea de institucionalizar el movimiento de reforma sacerdotal que había surgido en torno a sí y que lo seguía en su camino de intensa vida espiritual y amor a la Iglesia (21). En algún momento, además de los numerosos sacerdotes que se hacían cargo de obras avilinas, no sólo en España, sino también en Portugal, donde había un colegio de sacerdotes discípulos suyos, Ávila llega a tener juntos a más de veinte compañeros reunidos en el Alcázar viejo. Pero el asunto simplemente no cuajó. Y así, él mismo alienta a no pocos de sus discípulos a entrar a la Compañía de Jesús. Ellos van entrando de a pocos. Igualmente va entregando algunos de sus colegios a los de la Compañía.
San Juan y San Ignacio de Loyola intercambian cartas. Al ser informado por Ignacio sobre las incomprensiones y confrontaciones que la nueva forma religiosa de los jesuitas despertaba, Ávila le escribe una histórica carta a Ignacio, en la que en medio de hondas reflexiones espirituales sobre una nueva fundación, señala: «desde el principio del mundo nunca faltó bondad que padeciese y malicia que persiguiese».
El Santo de Loyola estaba totalmente persuadido de la conveniencia de que el de Ávila ingresara a la nueva sociedad religiosa. Por unas notas tomadas por Juan Alfonso de Polanco (22) para una carta de San Ignacio, se sabe lo que el fundador de la Compañía pensaba: «Una letra, mostrable a Ávila, donde diga que en tanta uniformidad de voluntades y modos de proceder del Mtro. Ávila y nosotros, que no me parece que quede sino que nosotros nos unamos con él o él con nosotros, para que las cosas del divino servicio mejor se perpetúen» (23).
Se habla de fusión, integración. San Ignacio da sus directivas desde Roma urgiendo establecer más contactos con el P. Ávila y los suyos. Éste tenía gran simpatía por el nuevo Instituto, e incluso ofrece donarle los colegios que en diversos lugares había fundado. Su entusiasmo y aprecio a la primitiva Compañía es grande, tanto que incluso anima a quienes dudan en ingresar en ella. Así, por ejemplo, a un hijo de la marquesa de Priego, Antonio de Córdoba, a quien escribe resolviéndole las dudas despertadas por prejuicios que muchos tenían en relación a los padres de la Compañía: «Ni daña ser gente nueva, porque si eso bastara para condenar, ¡cuántas de cosas buenas fueran condenadas!». Añadiendo luego de animarle a decidirse a favor de ingresar a la nueva sociedad: «porque la experiencia nos dice que las Órdenes tienen más fervor en los principios que después, y es bueno gozar del fervor en los principios que después». Otra carta seguirá, en donde se ve cómo San Juan tomaba como asunto suyo alentar el ingreso a la Compañía de Jesús: «Los peces grandes son malos de tomar, y han menester muchas vueltas, río abajo y río arriba, hasta que cansados tengan poca fuerza y los prenda del todo el anzuelo». Finalmente, accedía don Antonio, ingresando a la Compañía de Jesús, en Oñate. Con el correr del tiempo se convertiría en uno de los forjadores del estilo educativo jesuita, contribuyendo a él desde la pedagogía avilina.
Así de entusiasmado andaba Ávila con los jesuitas, a quienes frecuentaba, y en una de cuyas Iglesias pediría ser enterrado. Pero pasa el tiempo y Ávila, amigo y en cierto sentido protector del entonces nuevo instituto, no ingresa a él. Tampoco ese asunto cuajó. Él continúa animando y liderando a los sacerdotes que se reúnen en torno a la perspectiva avilina. «Todos ellos tienen un denominador común, a pesar de ministerios muy diversos y de encontrarse en casi todas las regiones de España: predicar el misterio de Cristo, enderezar las costumbres, renovación de la vida clerical según los decretos conciliares, no buscar dignidades ni puestos elevados ("atributo común de todos los discípulos", dice Muñoz (24)), vida intensa de oración y penitencia, paciencia en las contradicciones y persecuciones, sentido de Iglesia, enseñar la doctrina cristiana ("ejercicio común a todos los discípulos"), dirección espiritual, etc.» (25).
Cerca de treinta discípulos suyos se harán jesuitas. Otros, reunidos bajo una regla común en la zona de Tardón, restauraron en España la antigua Orden de los basilios. Aún otros, reunidos en un paraje de la Sierra Morena, la Peñuela, optan por tomar el hábito de los carmelitas de la reforma de los descalzos. San Juan de Ávila había también apoyado a Santa Teresa de Jesús, y éstos sin duda lo sabían. Otros seguirán su camino como sacerdotes seculares. Los avilinos, pues, forman una buena simiente de la que se nutren institutos religiosos que llevan adelante la Reforma Española, y lo que algunos mal llaman "contra-reforma" ya que en realidad se trata de la Reforma Católica que tomando origen en las reformas del siglo XV y lo que iba del XVI recibe un impulso unitario en el Concilio de Trento. 

Su espiritualidad


Proveniente de Salamanca primero, y de Alcalá, con su vía trisistémica, después, San Juan de Ávila se presenta como un producto de la perspectiva de la Reforma Española. Hay quien lo ha querido asimilar de una manera "radical" a la llamada vía paulista en boga en aquellos tiempos, pero la lectura de su acabada obra Audi, filia permite una perspectiva para descodificar sus otras obras, epistolario y sermones que muestra un panorama mucho más variado. El Santo de Ávila, más que pertenecer a una corriente determinada, parece representar una combinación de diversas vías que se dan encuentro en las también diversas etapas de la Reforma Española. En él la vía de la oración metódica se encuentra con la vía paulista, y con la de los beneficios divinos, con la de virtudes contra vicios, con la del propio conocimiento, y así en adelante. Igualmente el humanismo se da encuentro con el cristocentrismo de su espiritualidad, destacando el seguimiento del Señor Jesús y el camino del amor transformante. A pesar de que algunos busquen destacar rasgos erasmianos en San Juan de Ávila -y para ello resalten que había leído algunas obras del de Rotterdam, probablemente desde Alcalá, que lo cita en algunos de sus trabajos, y que en alguna ocasión recomienda la lectura de algún libro de Erasmo (26)-, no se ve cómo puedan eliminarse de su vida y sus escritos el apasionado amor eucarístico, la reverencia litúrgica, el amor por el Santo Rosario y su ejercicio cotidiano, el valor de las imágenes y tantas otras características que en nada se compadecen con el camino de "interiorizaciones" de la perspectiva erasmista. Por lo demás, otras diversas razones culturales hay para explicar las coincidencias respecto al camino de profundización interior, que en el Santo de Ávila es sendero de mayor seguimiento del Señor Jesús y de transformación por el camino del amor.
Así, pues, lo primero que se puede decir es que la espiritualidad de San Juan de Ávila es una expresión de la Reforma Española, añadiéndose a continuación que constituye una síntesis original de diversas vías entonces en boga, fundidas en el crisol de la experiencia personal del Santo de Ávila al transitar los caminos por los cuales lo iba guiando el Espíritu. Ante las antítesis en las que se quiebra la perspectiva erasmista, se alza la síntesis lograda de diversas perspectivas que en la vida de San Juan se tornan en respuesta a la gracia recibida y en recorrido, con ella, por un seguro sendero de perfección. La espiritualidad del Santo lleva su huella personal. Es una impostación propia de la gran espiritualidad de la Reforma Española con diversas de sus vías. Sus acentos son ciertamente distintos de los de otras síntesis. Se asemejan más a algunos, y se distancian de otros.
P. Pourrat, en su famosa obra La espiritualidad cristiana, con rápidos trazos describe el horizonte en que se manifiestan los rasgos activos de la síntesis viva de San Juan, tanto en su predicación como en sus escritos: «Instruir a los ignorantes, convertir a los pecadores, exhortar a la práctica de la perfección y preservar del error a las almas, santificar al clero; tal era el estado de su celo» (27). Por el ardor evangélico que se muestra en el deseo de anunciar la íntima vivencia de la fe en el Señor Jesús, se ha aludido a su concreción apostólica, manifestada en tan variadas formas, como expresión de lo que se ha llamado una «teología paulina de acción» (28).
Cabe destacar la centralidad del amor en su camino espiritual. Ante todo el amor a Dios, del que brota una sed de la gloria de Dios y el servicio apostólico. Luego, lo que el padre Granada destaca como «un corazón tierno y muy de carne para aver compasión de los hijos», y el amor a los prójimos en general. Para él la causa del amor es Cristo, «el cual recibe el bien al prójimo hecho, y el perdón al prójimo dado, como si a Él mismo se diera».
Un segundo acento es el cristocentrismo de su vida interior. Siempre invita a tener presente quién es Jesucristo. Esta perspectiva se extiende a los diversos misterios de Nuestro Señor, que invita a profundizar, pero de manera muy especial se concentra en aquellos de su Pasión y Muerte. Dice el Santo de Ávila: «Los que mucho se ejercitan en el propio conocimiento, como tratan a la continua y muy de cerca, sus propios defectos, suelen caer en grandes tristezas, desconfianzas y pusilanimidad de corazón; por lo cual es necesario que se ejerciten en otro conocimiento que les alegre y esfuerce, mucho más que el primero les desmayaba. Y para esto, ninguno otro hay igual como el conocimiento de Jesucristo nuestro Señor; especialmente pensando cómo padeció y murió por nosotros». La confianza en Dios fundada en los misterios redentores es también una nota significativa de su experiencia de fe. El Apóstol de Andalucía tenía, como se ha dicho, una manifiesta y grande devoción al Santísimo Sacramento. En una ocasión en diálogo familiar señaló: «No teneis aí el Sanctissimo Sacramento? Quando yo dél me acuerdo, se me quita el deseo de todo quanto ay en la tierra». En sus enfermedades, para poder comulgar sin el prescrito ayuno previo -recordemos que entonces la disciplina del ayuno era muchísimo más extensa que hoy- obtuvo un Breve del Papa Pablo IV, en 1558.
Al tratar De la devoción que tenia à nuestra Señora, el padre Granada dice que San Juan de Ávila «como era tan amigo del Hijo, assi lo era de la Madre. Porque es tan grande la unión y liga que ay entre Hijo y Madre, que quien ama mucho al uno ha de amar mucho al otro». Y así lo vemos unir los sagrados misterios del Señor con la presencia de su Madre. Por ejemplo al señalar diversos pasos de la Pasión para meditar según los diversos días de la semana, llegado al sábado, dice San Juan: «Y en el sábado quedaos de pensar en la lanzada cruel de su sagrado costado, y como le quitaron de la cruz y le pusieron en brazos de su sagrada Madre... Y tened memoria de pensar en este día las grandes angustias que la Virgen y Madre pasó, y sedle compañera fiel en se las ayudar a pasar, porque allende ser cosa debida os será muy provechosa».
Otro rasgo de su espiritualidad era la conciencia siempre presente de la dignidad del sacerdocio, y del don que significaba ser llamado a tamaño servicio. Esto influye sobre los desvelos que testimonia por la recta formación de los sacerdotes. Ante la grandeza del sacerdocio que San Juan de Ávila tenía, el padre Luis de Granada, que lo sobrevive algunos años, llega a decir: «A algunos por ventura parescerá riguroso este parecer, tomando para esto por argumento la costumbre de los tiempos presentes; mas este Padre pésa las cosas con el peso del Sanctuario (que diximos) esto es, con la estima que desta dignidad tuvieron los sanctos antiguos, por cuyo parescer él se regia». El de Ávila escribía en una ocasión a un sacerdote: «Pues que, por la gracia de Jesucristo, es vuestra merced sacerdote, asaz tiene en que entender para dar buena cuenta de oficio tan alto y tan tremendo aún para hombros de ángeles. Estime mucho este misterio, agradezca esta merced, y esta consideración le sea bastante a recogerle cuando estuviera distraído y a ponerle espuelas cuando se viere flojo; y ansi se enseñoree de su corazón esta merced, que por ella se tenga muy obligado a servir con gran diligencia al Señor; y le ponga gran cuidado para así ejercitar oficio tan soberano, que agrade a los ojos del que se lo dio» (29).
El Papa Pablo VI, en la homilía de canonización de Juan de Ávila, destaca su fe en la vocación sacerdotal. «Tiene conciencia de su vocación. Tiene fe en su elección sacerdotal. Una introspección psicológica de su biografía nos llevaría a descubrir en esta certeza de su "identidad" sacerdotal la fuente de su celo impertérrito, de su fecundidad apostólica, de su sabiduría de preclaro reformador de la vida eclesiástica y de delicado director de conciencia. San Juan de Ávila enseña al menos esto, y sobre todo esto, al clero de nuestro tiempo, que no dude de su ser: sacerdote de Cristo, ministro de la Iglesia, guía de los hermanos. Él advirtió profundamente lo que hoy algunos sacerdotes y muchos alumnos de los seminarios no comprenden como un deber corroborante y un título específico para la cualificación ministerial en la Iglesia, la propia definición -llamémosla también sociológica- separada de aquella que, como siervo de Jesucristo y como Apóstol, San Pablo daba de sí: "Separado para anunciar el Evangelio de Dios" (30)» (31).
Así, pues, el Santo Maestro de Ávila en términos generales representa cabalmente la espiritualidad de la Reforma Española, en una específica concreción espiritual, con los acentos particulares surgidos en su recorrido por los caminos por los que lo conducía el Espíritu Santo. 

Tránsito del Padre Maestro

San Juan de Ávila

Retirado en Montilla, Córdoba, se entrega a la vida de oración con sus momentos fuertes, a los que a lo largo de sus años dedicaba dos horas por la mañana y dos horas por la noche, enmarcados en la «unión interior que tenía siempre con Dios, con lo cual procuraba tener siempre el horno de su corazón caliente, para que al tiempo del recogimiento no fuese menester mucha leña de consideraciones para meterlo en calor», según dice su primer biógrafo. A ello sumaba el ejercicio de su sacerdocio, la dirección espiritual y la preparación de la edición definitiva del Audi, filia. San Juan de Ávila tiene una doctrina muy precisa sobre la enfermedad y el sentido del sufrimiento, en el que se ejercita de manera singular en esos tiempos.
En la madrugada del 10 de mayo de 1569, Juan de Ávila, el fecundo Apóstol de Andalucía, iniciaba su viaje postrero hacia la Casa del Padre. Tras dieciocho años de constantes enfermedades, «con muy poca intermisión», limitado en hacer lo que se sentía llamado «por mis indisposiciones, que cada día crecen más», moría, en su retiro de Montilla, en olor de santidad. Santa Teresa de Jesús, lloró «con gran sentimiento y fatiga» por la pérdida para «la Iglesia de Dios, (de) una gran columna, y muchas almas un grande amparo, que tenían en él» (32).
En 1894 fue beatificado por León XIII, y en 1970 es canonizado por Pablo VI, luego de haber sido declarado Patrono Principal del clero secular español por el Papa Pío XII en 1946. 

Un método de oración en San Juan de Ávila

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San Juan es un convencido de la importancia de la oración en la vida cristiana. Por doquier se ven sus recomendaciones sobre ella. Además de la oración vocal, que no abandona, busca ejercitarse -y que otras personas también se ejerciten-lección y la oración. Esta perspectiva lo sitúa claramente en el ancho cauce de la Reforma Española, dentro de la cual ocupa un lugar no sólo de importancia, sino también con características propias, como ya se ha venido señalando. en la
En algunos lugares instruye acerca de cómo rezar (40). Pero el lugar más indicado para entender cabalmente las orientaciones de San Juan parece ser el Audi, filia. En lo que respecta al método de oración que se desprende del Audi, filia, habría que decir que también se muestra fundamentalmente igual en ambas ediciones. Obviamente, tratándose de una obra de exhortaciones y ejercicios espirituales no aparece tal cual es sistematizado más adelante a partir de los elementos que se encuentran en la famosa obra. San Juan de Ávila, fiel a su cometido de edificación, va intercalando el desarrollo del método de lección y oración con explanaciones sobre algún aspecto del tema y con aplicaciones de los ejercicios que va desarrollando. Por lo demás no se muestra del todo parejo al describir «el modo» de proceder en las consideraciones del propio conocimiento y en las de la Pasión del Señor.
Cabe destacar que San Juan suele estar muy atento al principio de individuación. En tal sentido se abre a las diferencias personales, así como a la flexibilidad ante las situaciones particulares que se producen en la lección y en la oración, por lo cual recomienda no atarse rígidamente a reglas y tareas tan fijas que impidan a las personas la necesaria simplicidad «con que en este negocio han de tratar con Dios» (41). Esta misma aplicación del principio de individuación y la consiguiente flexibilidad se percibe cuando dice: «También os aviso que hay otros ejercicios de meditación para caminar al Señor; así como la meditación de las criaturas y de los beneficios de Dios, y por la vía del recogimiento del corazón que entiende en amar, que es el fin de todo pensamiento y de toda la Ley; y que como hay diversos ejercicios, hay diversas inclinaciones en los hombres, y es muy gran merced del Señor poner al hombre en aquello que le ha de ser provechoso; lo cual cada uno le debe pedir con mucha insistencia, y procurar, por lo que en sí siente, dando relación de ello a quien más sabe, de atinar con qué ejercicio le va mejor, porque aquel es el que debe seguir». Asimismo, se cuida de recordar en el prefacio a la edición que fue póstumamente publicada en Toledo en 1574, que el Audi, filia fue escrito «a aquella religiosa doncella que dije, la cual, y las de su calidad, han de menester más esforzarlas el corazón con confianza que atemorizarla con rigor», y como descargo a las características de cada lector añade: «toma de aquí lo que hallares que te conviene, y deja lo otro para otros que lo habrán menester», esto es que cada uno se aplique aquello que mejor le sirve a sus características y realidad personal. Con esta declaración no sólo se abre el santo apóstol de Andalucía a las diferencias de personalidad, sino también, quizá sin saberlo ni pensarlo, a la provisionalidad de numerosos pasajes de sus voluminosos escritos (42), que es necesario tomar en cuenta desde la perspectiva de los cambios de los tiempos. 



Método de oración

San Juan de Ávila - Audi, filia

 

Preparación próxima


Buscar un lugar conveniente y apartado del bullicio, dedicado a contener libros e imágenes devotas, para la lección de cosas divinas y la oración continua: desocuparse de todos los negocios y de toda conversación (43).

Preparación inmediata


1. Lección: «Tomad primero algún libro de buena doctrina, en que, como en espejo, veáis vuestras faltas» (44).
  • Suplicar a Dios «que os hable en vuestro corazón con su viva voz, mediante aquellas palabras que de fuera leéis, y os dé el verdadero sentido de ellas».
  • Atención y reverencia, «escuchando a Dios en aquellas palabras que de fuera leéis, como si a Él mismo oyérades predicar cuando en este mundo hablaba».
  • Mediana y descansada atención «que no os captive ni impida la atención libre y levantada que al Señor habéis de tener».
  • Arrepentimiento-confianza: «y daros ha nuestro Señor el vivo sentido de las palabras, que obre en vuestra ánima, unas veces arrepentimiento de vuestros pecados; otras, confianza de Él y en su perdón».
2. Oración: «Y algunas veces conviene interrumpir el leer, por pensar alguna cosa que del leer resultó, y después tornar a leer; y así se van ayudando la lección y la oración». «Y a este propósito hace que si estáis leyendo o rezando vocalmente y el Señor os visita con algún sentimiento debéis interrumpir lo que hacéis y deteneros en aquel beneficio para luego proseguir lo interrumpido».
3. Presencia de Dios: «Vuestras rodillas hincadas, pensaréis a cuán excelente y soberana Majestad vais a hablar» (45).
4. Humillación del corazón: considerar la propia pequeñez, hacer una entrañable reverencia, y pedir licencia para hablarle a Dios.
5. Arrepentimiento: Rezar la confesión general y pedir perdón por los pecados del día. También ha de servir para esto, «mirando una imagen del Crucifijo, o acordándose de Él», pensar cómo y por quién padeció el Señor. «¡Yo Señor pequé, y pagarás vos!» (46).
6. Rezo vocal de devociones: «Rezad algunas devociones que debéis tener por costumbre». Rezar por sí mismo, por aquellos por los que se tiene obligación, y por toda la Iglesia, «el cuidado de la cual habéis de tener muy fijado en el corazón», y también por los no creyentes. Dirigir estas oraciones a Nuestra Señora, «a la cual habéis de tener muy cordial amor y entera confianza que os será muy verdadera Madre en todas vuestras necesidades» y, «a la Pasión de Jesucristo, nuestro Señor, la cual también os ha de ser muy familiar refugio de vuestros trabajos, y esperanza única de vuestra salud».

Cuerpo de la oración


1. Introducirse en el corazón: callar «con la boca, y meteos en lo más dentro de vuestro corazón». Y «suplicad al Señor os envíe lumbre del Espíritu Santo».
2. Unión con Dios: «Y haced cuenta que estáis delante de la presencia de Dios, y que no hay más que de Él y de vos»; «haced cuenta que lo tenéis allí presente».
3. Con o sin representación imaginaria: «se puede hacer en una de dos maneras: o con representar a vuestra imaginación la figura corporal de nuestro Señor, o solamente pensar sin representación imaginaria»; «poned la imagen de aquel paso que quisiéredes pensar, dentro de vuestro corazón» (47).
4. Consideraciones: pensar en la materia con «ejercicios de devotas consideraciones y habla interior». Discurrir por los beneficios de Dios, las bondades hechas, los bienes recibidos, lo malo de la propia conducta.
5. Afectos: sentir con la voluntad. «Este negocio más es de corazón que de cabeza». «Si con vuestro pensar sosegado el Señor os da lágrimas, compasión y otros sentimientos devotos», debéis tomarlos pero sin «ir mucho tras ellos», para evitar así perder «por seguirlas (los sentimientos o las lágrimas) aquel pensamiento o afección espiritual que las causó».
6. Aplicación: Presentar delante de Dios los pensamientos tenidos, pidiéndole que los «asiente en lo más dentro de vuestro corazón».

Conclusión


1. Ofrecimiento: de «sufrir con paciencia cualquier trabajo o desprecio que se os ofreciese», asumiendo con criterio práctico las conclusiones que fluyen de la materia considerada. «Y los propósitos buenos y fuertes que allí se cobran suelen ser sin comparación más vivos y salir más verdaderos que los que fuera de la oración se alcanzan».
2. Examen: ante Dios de lo malo y lo bueno que hay en nosotros. 

NUESTRA SEÑORA DE LUJÁN.... EL MILAGRO DEL AMOR DE LA MADRE...

Corría el mes de mayo de 1630 cuando la milagrosa imagen de la Virgen de Luján llegó a la Argentina.
Nuestra 
Señora de LujánAntonio Farías Sáa, era un hacendado radicado en Sumampa (Santiago del Estero) que quería colocar en su estancia una capilla para la Virgen. Este hombre le pidió a un amigo que vivía en Brasil que le enviara una imagen que representara la Inmaculada Concepción de María. El amigo le envió dos, la que le había encargado y otra de la Virgen con el Niño Jesús. Cuando llegaron, fueron colocadas en una carreta y partieron en una caravana rumbo a Sumampa.
La caravana se detuvo a orillas del río Luján a 67 kilómetros de Buenos Aires, en una hacienda, conocida como la estancia de Rosendo. Al llegar el otro día los carreteros iban a proseguir con el viaje, pero la carreta que llevaba la imagen no se movía, intentaron de todas las formas posibles que caminara, bajaron la mercadería, colocaron más bueyes, pero todo fue inútil, las dos imágenes estaban en el fondo de la carreta en dos pequeños cajones.
Los carreteros retiraron una imagen y no se movió, la subieron y bajaron la otra, y la carreta marcho normalmente. En ese instante los hombres comprendieron que estaba ocurriendo algo milagroso. Al ver que la Virgen no quería marcharse se dirigieron a la casa más cercana, la de don Rosendo.

La familia se emocionó al ver la imagen y la colocaron el su casa, la noticia corrió por toda la región, y se enteraron hasta en Buenos Aires. Las personas empezaron a viajar al lugar, entonces don Rosendo construyó una pequeña capilla, entre los pajonales de la pampa, en este lugar permaneció la virgencita desde 1630 hasta 1674.

florcarm.gif (254 bytes) El Negro Manuel:
Nuestra Señora de 
LujánEste hombre dedicó toda su vida, desde que llegó a la Argentina, a cuidar a la Virgen de Luján. Fue traído de Africa y vendido como esclavo en Brasil. Llego al Río de la Plata a los 20 años de edad, en la embarcación en donde venia la bendita imagen, presenció el milagro en la estancia de don Rosendo.
Se desconoce quien era su dueño, pero Manuel permaneció en la estancia al cuidado de la imagen, consagrando su vida al atención de la santísima Virgen.
La tradición nos dice que Manuel, realizaba curas milagrosas con el sebo de las velas de la capilla y relataba a los peregrinos los viajes de la Santa Virgen, que salía de noche para dar consuelo a los afligidos. Manuel guardaba de los viajes de la Señora los abrojos se desprendían del vestido de la Virgen. Con los años, don Rosendo falleció y el lugar quedo casi abandonado, pero éste hombre fue siempre fiel y continuó al servicio de la Virgen.
Doña Ana Mattos, viuda de Siqueyras era una señora que tenia gran cantidad de tierras a orillas del río Luján, ella quería llevar la imagen a su casa y realizarle una capilla, para ello en el año 1674, habló con el Cura Juan de Oramas, administrador de los bienes de don Rosendo y la colocó en su casa, pero la Santa Virgen desapareció y la encontraron en su antigua ermita (capilla), doña Ana volvió a llevar la imagen a su casa y por segunda vez regresó a la estancia de don Rosendo.

La dama consultó entonces a las autoridades eclesiásticas y civiles, quienes viajaron al lugar y examinaron lo sucedido, esta vez la Virgen fue trasladada en una devota peregrinación y en compañía de Manuel. Desde ese momento la imagen no retornó más a su antigua capilla.

Luego de confirmar la veracidad de lo sucedido la Autoridad Eclesiástica, autorizó oficialmente el culto público a la "Pura y Limpia Concepción del Río Luján". Doña Ana donó el terreno para la realización del nuevo templo en el año 1677 lugar en donde actualmente se encuentra la hermosa Basílica de Luján.
El clérigo don Pedro de Montalbo estaba muy enfermo y desahuciado, en 1684 viajó a Luján, casi moribundo fue llevado a la capilla. El Negro Manuel le ungió el pecho con el sebo de la lámpara que ardía en el altar y le dio de beber una infusión con abrojos de los que solía desprender del vestido de la Virgen. Don Pedro sano milagrosamente y agradecido se quedo como primer capellán.
El lugar empezó a poblarse con los devotos de la Virgen. De esta forma el paraje se convirtió en una aldea que se llamó Pueblo de Nuestra Sra. de Luján, en 1755 se le otorgó el título de Villa.

La devoción por la Virgen fue creciendo año tras año, así como los milagros que ocurrían y el 23 de octubre de 1730, Luján era instituida Parroquia. El cura párroco don José de Andújar deseaba ampliar el templo y junto al Obispo Fray Juan de Arregui, iniciaron la construcción, pero esta no llegó a buen termino porque después de grandes contratiempos terminó por desplomarse.
Este hombre nacido en Vizcaya, España, estaba muy enfermo y fue curado milagrosamente por la Santísima Virgen de Luján. Don Juan, en agradecimiento se entregó por completo a la creación del nuevo templo y a fines de 1754 se inicio la construcción, en 1763 se terminó felizmente la obra y los cabildantes de Luján eligieron y juraron a Nuestra Señora por celestial Reina y Patrona.
Hacia el año 1872, el Arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Federico Aneiros, entregó la custodia del templo a los sacerdotes de la congregación de la Misión, conocidos como Padres Lazaristas. En aquel entonces el teniente Cura Jorge María Salvaire fue herido en un viaje por los indios y estuvo al borde de la muerte, en ese momento realizó una promesa a la Santísima Virgen y milagrosamente fue sanado.

La promesa del Padre Salvaire fue, "Publicaré tus milagros..., engrandeceré tu Iglesia" En cumplimiento de este voto, publicó en 1885 la "Historia de Nuestra Sra. de Luján".
En 1889 fue nombrado Cura Párroco de Luján y dedicó su vida y esfuerzos para edificar la gran Basílica, con el apoyo de Monseñor Aneiros y la colaboración de sus compañeros de Congregación, inició la construcción de la actual Basílica Nacional.
Cuando falleció en 1899, la obra continuo en las manos del Padre Dávani, quien murió en 1922, para ese entonces el Santuario ya estaba terminado en su estructura fundamental.
EL Padre Salvaire, en 1886, presentó al Papa León XIII, la petición del Episcopado y de los fieles del Río de la Plata para la coronación de la Virgen, el Pontífice bendijo la corona y le otorgó Oficio y Misa propios para su festividad, que quedó establecida en el sábado anterior al IV domingo después de Pascua. La Coronación se realizó en mayo de 1887.
Basílica de LujánEl Santuario de Luján es de estilo gótico ojival del siglo XIII. Sus dimensiones son: anchura en el crucero, 68,50 m.; longitud, 104 metros; anchura de frente, 42 m.; altura en las dos torres mayores, 106 m. El 8 de diciembre de 1930, el Papa Pío XII, le otorgó oficialmente el título de Basílica.
La imagen es pequeña (38 centímetros), está modelada en arcilla cocida (terracota), su rostro es ovalado, de color moreno. Los pies de la Santa Imagen se apoyan sobre nubes, desde las cuales surge una media luna y cuatro cabezas de querubines, con sus pequeñas alas desplegadas.
Esta cubierta con vestiduras: túnica blanca y manto azul-celeste. Tiene las manos juntas en el pecho.

El Padre Salvaire hizo recubrir la Santa imagen con una coraza de plata para impedir su deterioro. Antes de esta operación se sacaron moldes que permitieron su reproducción auténtica.
En 1887, el Padre colocó la Imagen sobre una base de Bronce, le adosó la rayera gótica con la inscripción: "Es la Virgen de Luján la primera Fundadora de esta Villa" y una aureola de doce estrellas. Ornamentada en esta forma, fue coronada con la corona Imperial bendecida por León XIII.

El 3 de diciembre de 1871 se realizó la primera peregrinación general al Santuario de Luján, desde entonces millones de personas concurren cada año. Es uno de los centros de peregrinación más importantes de Latinoamérica. Actualmente, la fiesta principal se celebra el 8 de mayo.
 

3 DE MAYO: FIESTA DE LA CRUZ


¿Cuál es el origen del Día de la Cruz? Los libros litúrgicos contienen dos fiestas dedicadas al culto de la Cruz: La Invención de la Santa Cruz, el 3 de mayo, y la Exaltación, el 14 de septiembre. La Exaltación, que conmemora la dedicación de las basílicas de Jerusalén, es de origen oriental y no pasó a occidente hasta fines del siglo VII, a través del rito romano.

     La Invención de la Santa Cruz, en cambio, es conmemorada desde antiguo. En España aparece en todos los calendarios y fuentes litúrgicas mozárabes, poniéndola en relación con el relato del hallazgo por Santa Elena de la auténtica Cruz de Cristo. Este relato figura en los pasionarios del siglo X y puede resumirse así: En el sexto año de su reinado, el emperador Constantino se enfrenta contra los bárbaros a orillas del Danubio. Se considera imposible la victoria a causa de la magnitud del ejército enemigo. Una noche Constantino tiene una visión: en el cielo se apareció brillante la Cruz de Cristo y encima de ella unas palabras, In hoc signo vincis ("Con esta señal vencerás"). El emperador hizo construir una Cruz y la puso al frente de su ejército, que entonces venció sin dificultad a la multitud enemiga. De vuelta a la ciudad, averiguado el significado de la Cruz, Constantino se hizo bautizar en la religión cristiana y mandó edificar iglesias. Enseguida envió a su madre, santa Elena, a Jerusalén en busca de la verdadera Cruz de Cristo. Una vez en la ciudad sagrada, Elena mandó llamar a los más sabios sacerdotes y con torturas consiguió la confesión del lugar donde se encontraba la Cruz a Judas (luego San Judas, obispo de Jerusalén). En el monte donde la tradición situaba la muerte de Cristo, encontraron tres cruces ocultas. Para descubrir cuál de ellas era la verdadera las colocaron una a una sobre un joven muerto, el cual resucitó al serle impuesta la tercera, la de Cristo. Santa Elena murió rogando a todos los que creen en Cristo que celebraran la conmemoración del día en que fue encontrada la Cruz, el tres de mayo. 
En España, esta fiesta adquirió un gran empuje, tras la reconquista por los Reyes Católicos de las tierras tomadas por los musulmanes. La fiesta de la Cruz, del Corpus, y la dedicación de Templos a la Encarnación del Hijo de Dios, fué una forma más, de reconocer el nacimiento de una nueva etapa, en la que Cristo, la fe, serían el vínculo que unirían a todos los habitantes de estas tierras.

Así el símbolo de la Cruz, se celebró de forma festiva, adornando con flores, con macetas, cruces de piedra que se habían levantado en distintos lugares de las ciudades, que se visitaban en este día, entre los cantos y la alegría de los vecinos del lugar, que celebraban la fe que de sus mayores habían recibido. 



SAN JOSÉ, OBRERO

San José 
ObreroEl origen  de la fiesta litúrgica de San José Obrero se remonta al 1 de Mayo de 1955. Ese día, Roma era un hervidero de gentes venidas de muchas partes del orbe, y en la Ciudad Eterna parecía correr un aire nuevo, recién estrenado. Era un encuentro multitudinario y gozoso de más de 200.000 obreros con el Papa Pío XII. Ese mismo día, 1 de Mayo de 1955, en el incomparable marco de la plaza de San Pedro repleta de trabajadores, el Papa proclamaba la Fiesta del Trabajo, y en el calendario de la Iglesia universal nacía la fiesta de San José Obrero, patrono de los trabajadores.

Los textos de la liturgia del día constituyen una catequesis del significado del trabajo humano a través de la fe.

Al menos, desde 1898, en que León XII abordó el tema del trabajo y la situación de los trabajadores con su importantísima encíclica Rerum Novarum, la Iglesia ha sido pródiga en la publicación de documentos sobre la llamada "cuestión social". Entre estos documentos, se puede destacar Quadragesimo Anno, de Pío XI; Mater et magistra, del Beato Juan XXIII; la Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II; Populorum Progressio, de Pablo VI, y la Laborem exercens, de Juan Pablo II, en la que se profundiza sobre la espiritualidad del trabajo.
A continuación, podrán leer la oración con la que el papa Juan XXIII terminaba su alocución en esta fiesta el año 1959:

" ¡Oh glorioso San José, que velaste tu incomparable y real dignidad de guardián de Jesús y de la Virgen María bajo la humilde apariencia de artesano, y con tu trabajo sustentaste sus vidas, protege con amable poder a los hijos que te están especialmente confiados!

"Tú conoces sus angustias y sus sufrimientos porque tú mismo los probaste al lado de Jesús y de su Madre. No permitas que, oprimidos por tantas preocupaciones, olviden el fin para el que fueron creados por Dios; no dejes que los gérmenes de la desconfianza se adueñen de sus almas inmortales. Recuerda a todos los trabajadores que en los campos, en las oficinas, en las minas, en los laboratorios de la ciencia no están solos para trabajar, gozar y servir, sino que junto a ellos está Jesús con María, Madre suya y nuestra, para sostenerlos, para enjugar el sudor, para mitigar sus fatigas. Enséñales a hacer del trabajo, como hiciste tú, un instrumento altísimo de santificación".

SANTA CATALINA DE SIENA


Santa Catalina de Siena

Tener presente a esta mujer excepcional, es recordarnos a todos, que somos hombres y mujeres de Iglesia, que nos debe preocupar y doler, la marcha de la misma, y que tenemos que trabajar y orar siempre por ella, para que todos, seamos cristianos coherentes, que demos siempre un buen testimonio de nuestra fe.
Santa Catalina, con su ejemplo y su vida, con su fe y su oración, logró que la Iglesia permaneciera unida, y no olvidara el fin que tiene y la meta a la que se dirige.

Jesús
 peregrino aparece a Santa Catalina de Siena (Simone Pignoni, Siena - 
Italia) 
Catalina fue el último de los vástagos del tintorero Giacomo Benincasa y de su mujer Lapa di Puccio. Antes de ella habían venido veintidós. La casa de los Benincasa se alzaba, se alza todavía, en la ladera de la colina sobre la cual se asienta la ciudad de Siena: una casa espaciosa, que respira bienestar, honradez y trabajo; la casa de un industrial cuyos negocios van viento en popa; abajo, la tintorería; en medio, las habitaciones; arriba, la terraza con su jardín, y una gran cocina donde se come, se hila, se cose y se charla en las veladas invernales, bajo la dirección de Giacomo, que habla poco, y de Lapa, mujer sin malicia, pero ducha en los negocios, que dispone y decide con aire autoritario; una indómita energía y una dulzura inalterable, los dos rasgos característicos de la hija. De abajo subía un olor a tintes, pero la atmósfera moral en que creció Catalina era pura y a la vez alegre. Alegre también era la niña; alegre, viva, y tan graciosa, que la llamaban Eufrosina, el nombre de una de las Gracias. Pero un día, atravesando la calle con un hermano suyo, vio un trono de oro, y en él, rodeado de sus ángeles, al Redentor del mundo, que la miraba, la sonreía y trazaba sobre ella una cruz, como hace el obispo cuando da su bendición. Tenía entonces seis años; pero a partir de esa hora dejó de ser niña.
Había visto al Señor, y la voz que en otro tiempo sacaba de entre sus redes a los discípulos, sonaba ahora en su alma, dulce y penetrante como un lejano tañido de campanas. Creyéndose con vocación eremítica, descubrió en su casa un escondrijo sombrío y allí se refugiaba y jugaba a la ermitaña, rezando y ayunando, mientras los demás comían, y flagelándose con una disciplina que ella misma había fabricado. Al poco tiempo esto le pareció un simulacro, y una mañana, habiéndose provisto de un pan, abandonó la casa, resuelta a irse por el ancho mundo. Allá abajo, el valle se abría entre peñascos, y en los peñascos abrían su boca las cavernas. En una de ellas entró la niña, y empezó a rezar con tal fervor, que todo desapareció en torno suyo y le parecía flotar en un mundo de luz resplandeciente, hasta que su cabeza tocó en la bóveda de la roca, y del golpe se despertó. Entonces tuvo miedo. Pensó volver a casa, pero ya era tarde; el sol descendía, las campanas tocaban a Vísperas, las puertas de la ciudad se cerrarían de un momento a otro. Mientras pensaba en su situación, vio pasar una nube ante sus ojos, sintió que flotaba de nuevo, y, sin saber cómo, se encontró más allá de las murallas. Así fracasaron sus proyectos anacoréticos. Pero había comprendido que su vida debía consagrarse a Jesús; arrodillada delante de la Madona, decía: « ¡Oh Virgen María!, concédeme la gracia de tener por Esposo al que amo con toda mi alma, tu Hijo santísimo y mi Señor Jesucristo. Le prometo no aceptar a otro jamás.»
A los siete años, Catalina era la noviecita de Jesús, y como tal se esforzará en cumplir la voluntad de su Esposo. Ahora bien, pensaba en su interior, la voluntad de Jesús es que domemos nuestra naturaleza. Desde entonces, apreciando las penitencias comenzadas en la bodega y los graneros, la niña se condenó a no comer más que pan y legumbres. Colocaba la carne en el plato de sus hermanos, o bien la tiraba por debajo de la mesa a los gatos. A los doce años empezó la lucha irremediable. Lapa estaba inquieta por su hija. Observaba que no se asomaba a la ventana para ver pasar a los muchachos, que mientras barría el portal no cantaba canciones de amor. Sin embargo, ella tenía sus
planes. «Lávate algo más a menudo—decía a Catalina—; péinate con más cuidado; trata de agradar a los hombres.» La niña se mostraba rebelde a estos consejos. Sólo una temporada llegó a vacilar, seducida por la hermana a quien más quería. Hasta consintió en ir al baile con un hermoso atavío, pintada la cara y los cabellos teñidos de rubio, como lo exigía la moda. Al poco tiempo aquella hermana se le murió, y Catalina volvió a su vida de reclusión y de penitencia, orando mucho, comiendo poco y durmiendo lo menos posible. Como señal de su decisión, cogió las tijeras y su cabellera de oro rodó por el suelo. Lapa, sin embargo, no cedía; sus hijos la ayudan en la lucha, hasta que el tintorero se puso serio, y un día, después de comer, dijo con toda gravedad: «Que nadie se atreva en adelante a atormentar a mi hija amadísima; dejémosla que sirva a su Esposo libremente, a fin de que interceda por nosotros.»
Y siguieron las visiones y revelaciones. Diariamente el Paraíso se abría para ella. En la calle, lo mismo que en la celda, se encontraba con visitantes misteriosos. A veces los huéspedes le sorprendían en el jardín, cuando a la hora del crepúsculo se paseaba por las avenidas bordeadas de alhucemas, entre las rosas y los lirios. Una tarde la charla con el Señor y con María Magdalena se prolongó tanto, que la virgen tuvo que decir: «Maestro, no conviene que permanezca fuera a estas horas; permíteme que me retire.» Y oyó esta respuesta: «Haz lo que quieras, hija mía.» Y como Catalina se levantase para bajar a su celda, Jesús y la Magdalena la siguieron hasta su cuarto. Los tres se sentaron en el banco y hablaron como buenos amigos: Jesús, a la derecha; la pecadora, a la izquierda, y el ama de casa, en medio. Otras veces Catalina se quedaba en la ventana sondeando las profundidades del Cielo y escuchando en la lejanía el canto de las milicias bienaventuradas. « ¿No oís cómo cantan?—exclamaba entonces—. Los que más han amado tienen las voces más hermosas. ¿No oís la voz de la Magdalena?» Ninguna visión tan memorable como la de aquel día en que, rodeado de sus santos. Jesús le puso un anillo en el dedo, mientras David tocaba el arpa. Y no fue una alucinación. Al extinguirse la claridad celeste, el anillo de desposada brillaba en la mano de Catalina. Llevólo a sus labios y lo contempló con transportes de júbilo. Era un anillo de oro con un gran diamante rodeado de cuatro perlas pequeñas: el duro diamante de la fe y las perlas de la pureza de intención, de pensamiento, de palabra y de acción. En adelante, Catalina llevó siempre su anillo nupcial, pero sólo era visible para ella, y a intervalos desaparecía a sus ojos, con lo cual conocía que su Esposo no estaba contento de ella. Entonces lloraba amargamente, confesaba su falta, y el anillo volvía a despedir sus vivos resplandores.
Extasis y estigmatización de Santa Catalina de Siena (Pompeo 
Batoni, 1743, Museo di Villa Guinigi, Lucca - Italia)Catalina acababa de cumplir los veinte años. Por este tiempo era ya mantellata, vestía el manto negro y la túnica blanca de la Orden Tercera de Santo Domingo. Además, había aprendido a leer. Una de sus compañeras le procuró un alfabeto, y pronto pudo leer el Breviario, que fue siempre su libro favorito, después del de las estrellas y las flores. Tenía pasión por las flores. En sus sueños veía a los ángeles bajar del Paraíso con guirnaldas de lirios y ponérselas en su cabeza. Cuando vagaba por el jardín, reunía flores en forma de cruz y se las enviaba como un saludo a las personas piadosas. Aunque no era extraordinariamente bella, tenía una gracia sobrenatural que subyugaba. «En la época en que la conocí—decía, un joven dominico—, era joven y su cara parecía dulce y alegre; yo era joven igualmente, y, sin embargo, no sentía en su presencia el embarazo que hubiera experimentado delante de otra muchacha, y cuanto más hablaba con ella, más se apagaban las pasiones humanas en mi corazón.»
Este poder de atracción se revelará pronto en toda su plenitud. La mística se va a convertir en mujer de acción. Marta Catalina se llamará ella, aludiendo a este nuevo sesgo de su vida. Jesús se presentaba ahora a la puerta de su celda suplicando que la abriese, no para entrar Él, sino para que ella saliera. «Soy una mujer ignorante—respondía ella resistiendo—: ¿qué podría yo hacer?» Y el Señor respondía: «Para Mí no hay hombres ni mujeres sabios ni ignorantes.» Desde entonces Catalina confundió su vida con la de sus prójimos. En el libro que dictó al fin de su juventud, que fue también el fin de su vida, en aquel libro donde escribió su corazón, Jesús le habla de esta manera: «No podéis serme útil en nada; en cambio, os es posible acudir en auxilio del prójimo. El alma que ama mi verdad, no se cansa nunca de prodigarse en auxilio de los demás.»
Desde este momento la vemos tomar parte en todos los quehaceres domésticos, buscar a los pobres, interesarse por los pecadores, obrar conversiones maravillosas, cuidar a los enfermos, procurar la salvación de los moribundos". «Señor—clamaba en un éxtasis—, quiero que me prometas la vida eterna para todos mis parientes, para todos mis amigos; pruébame que me atiendes. Señor; dame una prenda cierta de que harás lo que te pido.» En el mismo momento experimentó un vivo dolor, y viendo un clavo de oro que taladraba su mano, prorrumpió en aquellas palabras que solía decir siempre que experimentaba un padecimiento físico: «Alabado sea mi dulce, amabilísimo y amado Esposo y dueño Jesucristo.» Pero no se contentaba con orar, sino que obraba: todo cuanto había en la casa del tintorero iba a parar a las manos de los pobres. Catalina tenía permiso de su padre para disponer de ello, y su conducta era bendecida, porque los toneles estaban siempre llenos, los panes no se acababan nunca en la panera. En cuanto a los enfermos, cuanto más repugnantes, más atraían la atención de la joven. Los días se le pasaban con frecuencia en el hospital de los leprosos, cosechando el desprecio en vez de la gratitud. En él vivía una anciana llamada Tecca, abandonada de todos. Era regañona y altiva, una razón más para que Catalina la asistiese. Se constituyó en su sirvienta, soportando las injurias con alegría. A veces, la leprosa solía recibirla con palabras irónicas, como éstas: «Bien venida seáis, reina de Fontebranda. ¿Dónde se ha entretenido la reina esta mañana? ¿Ha sido en la iglesia de los hermanos? Parece que la reina no se harta de la sociedad de los frailes.» Pacientemente, sin pronunciar palabra, Catalina cumplía con su oficio de enfermera, azorada por las burlas de la vieja, que desde el fondo del catre la seguía con mirada de odio y de befa. Lapa supo algo de esto, y decía a su hija: «Te expones al contagio por esa imbécil, y no podría soportar que cogieses la lepra.» En las manos de Catalina apareció una erupción sospechosa, pero ella siguió frecuentando el hospital, y cuando Tecca murió, su incansable enfermera amortajó al repugnante cadáver y le dio tierra con sus propias manos.
Los prodigios sucedían a los prodigios: ayuno de meses, cambio de corazón entre Jesús y Catalina, estigmatización, conversiones ruidosas, aromas misteriosos, muerte mística. La muerte mística llenó de alarma a toda la ciudad. Se dijo que Catalina había muerto realmente, que se había roto su corazón y exhalado su espíritu. La casa se llenó de gente. Todos la vieron pálida, inmóvil, en la cámara mortuoria; todos sollozaban, cuando la vida reapareció en las mejillas, el corazón volvió a palpitar, los ojos se abrieron, miraron tristes en torno y empezaron a derramar torrentes de lágrimas. «Sí—dijo entonces—, mi alma estaba separada de mi cuerpo; recorrí los reinos de la eternidad; me asomé a las mansiones del infierno; vi los horrores del purgatorio y presencié la alegría de los santos en la eterna beatitud.» Y Catalina oraba, lloraba, sin poder consolarse de su retorno. De sus labios ardientes salían palabras entrecortadas, reveladoras del incendio de su amor: «O sposo, o giovane amabilissimo, amatissimo giovane» Y tan pronto lloraba como reía; y su rostro cambiaba de color, ahora blanco como la nieve, ahora rojo como el fuego, «¡Oh amor, amor—clamaba—; eres lo más suave! ¡Oh eterna belleza, tanto tiempo desconocida, tantos siglos velada por el mundo!
¡Oh Esposo, Esposo! ¿Cuándo..., cuándo?,.. ¿Por que no ahora?»
Ahora no; había que hacer muchas cosas en la tierra; había que convertir muchas almas, y sostener muchos combates, y correr muchos caminos. Y la amable virgen, l’allegra et festosa vergine, que dicen las viejas crónicas, se entregó animosamente a la voluntad del Señor. A los veinticinco años empieza su vida pública, interviniendo en la política italiana, negociando la paz entre los pueblos, poniendo la mano en el timón del bajel de la Iglesia. Los Papas y los príncipes piden su consejo. Atraviesa las provincias italianas hablando de la fe y del perdón; aparece en Pisa y en Florencia, en Aviñón y en Roma; escribe a los capitanes y a los tiranos, a los legados del Papa y a los cardenales; decide la traslación de la corte pontificia a Roma, y las repúblicas italianas piden su intervención para poner fin a las discordias. Sin ninguna experiencia de la política, se coloca frente a los más altos poderes de su tiempo. Y no ruega; exige, manda: «Deseo y quiero que obréis de esta manera... Mi alma desea que seáis así... Es la voluntad de Dios y mi deseo... Haced la voluntad de Dios y la mía... Quiero.» Así hablaba a la reina de Nápoles, al rey de Francia, al tirano de Milán, a los obispos y al Pontífice. Ese audaz quiero es la varita mágica con la que llama a todas las puertas y a todos los corazones, y si realmente las puertas se le abren, es que en su acento vibra una admirable potencia de verdad. En su semblante hay algo que intimida y seduce al mismo tiempo. Bien se vio el día de la insurrección de Florencia. Catalina ha ido allí para tratar la paz con Roma; pero el pueblo no quiere paz: se amotina, saquea y recorre las calles gritando: « ¿Dónde está la hechicera? Queremos hacerla pedazos.» Al oír los rugidos, la sienesa deja el jardín y avanza hacia las turbas, pero nadie se atrevió a tocarla: «Lloro—escribía al día siguiente— porque la multitud de mis pecados es tan grande, que no he merecido cimentar con mi sangre una sola piedra del edificio místico de la Santa Iglesia. Parecía como si las manos dispuestas a herir estuviesen atadas. «Aquí estoy—les decía yo—; tomadme y dejad a los que me acompañan.» Pero estas palabras eran como puñaladas que atravesaban los corazones.»
Los florentinos la habían llamado hechicera. Era el juicio que se formaban de ella muchos de sus contemporáneos. Se le reprochaban su abstinencia total de alimento y de bebida, sus éxtasis, sus visiones, y aquella doble vista con que adivinaba el fondo de los corazones. Por el olor deducía la presencia del pecado en un alma. La corte, tan brillante, de Aviñón le olía peor que los apestados del hospital de Siena. Estas cosas escandalizaban a muchas gentes. Empezaron las habladurías y las acusaciones. Hasta los predicadores hablaban en el pulpito contra la hija del tintorero. Ella callaba. Su silencio y su mansedumbre eran la mejor de todas las defensas. Los mayores enemigos se convertían, con sólo verla, en sus admiradores más entusiastas. Una influencia sobrenatural les transformaba, sin ellos darse cuenta. Así le sucedió a un gran predicador franciscano. Una tarde irrumpió en el cuarto de la santa. Ella le invitó a tomar asiento en el baúl de los vestidos, después de sentarse en el suelo. Hubo unos instantes de silencio, que interrumpió el fraile con estas palabras: «He oído hablar mucho de tu santidad, y vengo con la esperanza de llevarme alguna palabra de edificación y de consuelo.» Catalina, sospechando el lazo, respondió: «Es para mí grande alegría el veros, porque seguramente, con el conocimiento que tenéis de la Escritura, vais a fortalecer e iluminar mi alma.» Aquello era un torneo, en el que dos adversarios hábiles median sus fuerzas respectivas. Catalina rehusó descubrirse ante el teólogo, y el toque del ángelus fue la señal para la separación de los contendientes. Catalina acompañó hasta la puerta a Fra Lazarino, y, arrodillándose, le pidió su bendición. Él se marchó defraudado. Acostóse al punto, porque al día siguiente debía predicar. Pero se levantó profundamente triste; el mal humor aumentaba conforme avanzaba el día; tuvo que suspender el sermón, y las lágrimas no cesaban de correr por sus mejillas. Indagaba la causa, sin resultado alguno, hasta que, al llegar el crepúsculo, se le vino a la memoria su entrevista con Catalina. Entonces lo comprendió todo, y, más sereno, fue en busca de la virgen para confesarle la vanidad y la suficiencia de su alma, y suplicarle que le perdonase la persecución de otros días.
Fray Lazarino se convirtió en un ferviente caterínato, en un amigo e imitador de Catalina. En torno de la sienesa vemos constantemente un grupo, una brigada, decía ella, de hombres y mujeres que en gran parte han sido reclutados de entre sus más decididos adversarios. Pero ahora la admiran y no aciertan a separarse de ella. Son los caterinatos. Van a visitarla con frecuencia, la escoltan en sus viajes, escuchan su doctrina, siguen religiosamente su dirección y la llaman su madre mamma. Ella los ama como a hijos, se hace responsable de sus pecados, los ayuda a salir del vicio, los guía por los caminos de la perfección en santas conversaciones y les escribe cartas penetradas de unción amorosa y de santa doctrina: «Queridísimo hijo en Cristo, el dulce Jesús—escribía a uno de estos devotos—, parece como si el demonio te hubiese encadenado de tal suerte, que no puedas retornar al redil, y yo, tu pobre madre, voy buscándote y llamándote, porque quisiera llevarte sobre los hombros de mi dolor y mi compasión para ponerte en el camino recto. Haz como el hijo pródigo. Tú también eres pobre y necesitado: tu alma muere de hambre. ¡Ay.! ¡Cuan digna soy de lástima! ¿Qué ha sido de tus piadosas resoluciones? Rompe esa cadena; no te dejes engañar del demonio, no te alejes de mí. Ven, ven, queridísimo hijo. Bien puedo llamarte querido, cuando tantas lágrimas y angustias me cuestas.»
Santa
 Catalina de Siena (Anonimo, Iglesia de Santa María del Rosario, Roma - 
Italia)Había aprendido a escribir. «A fin de que pueda dilatar mi corazón—decía ella—para impedir que estalle algún día, la Providencia me ha dado la facultad de escribir. No habiendo llegado para mí la hora de dejar las tinieblas de este mundo, esta facultad ha surgido en mi alma como cuando un maestro enseña a su discípulo lo que debe hacer. He tomado lecciones como en sueños con el glorioso evangelista San Juan y con Santo Tomás de Aquino.» Fue una iniciación interior; sus misteriosos maestros le presentaban los modelos, y no tenía más que copiar lo que veía. Esto sucedió en el curso de un éxtasis. Y fue escritora, una gran escritora. Escribió bellos himnos, que ella misma cantaba en sus viajes con voz tan límpida, que dejaba a todos maravillados; escribió sus epístolas a sus discípulos., y sus Cortas a los grandes de la tierra, y escribió, sobre todo, el libro del Diálogo, mensaje inflamado a todos los hombres de buena voluntad, dictado en una tempestad de pasión por el honor del Esposo, enriquecido con un caudal prodigioso de experiencias terrenas y celestes, iluminado con todas las claridades de una vibrante poesía. Juglar de Dios, como Francisco de Asís, Catalina poseía en alto grado el don esencial del poeta: el de crear la imagen perfecta. Sus comparaciones se han hecho clásicas. A veces son humorísticas, como cuando llama al Breviario la «esposa del sacerdote», porque acostumbraba a pasearse con él bajo el brazo. Las tentaciones son como las moscas, que no se acercan a la olla hirviendo; la virtud se malea en medio del mundo, como la flor pierde su perfume si está mucho tiempo en el agua; la cruz es el bastón de nuestra peregrinación; junto al castillo del alma ladra el perro de la conciencia, un perro que bebe sangre y come fuego: la sangre de Cristo y el fuego del Espíritu Santo. La imagen, para esta santa poetisa, no era más que un vestido del pensamiento, un vestido hermoso y sutil para cubrir un pensamiento grave, profundo y delicado, del mismo modo que este mundo sólo tiene valor como una preparación de otro mundo mejor. Para ella, la vida presente, en sí misma considerada, «es sólo tinieblas y amargura, hediondez e inmundicia, prisión asquerosa y sombría. Todo desaparecerá—nos dice—, y ¿qué os quedará luego sino un puñado de hojas secas?» Aquella tenue sonrisa que, según sus biógrafos; se dibujaba constantemente en sus labios, debía de estar llena de compasión y de melancolía.
Catalina, naturaleza enérgica, más dominante, menos dulce que Francisco de Asís, tiene, al dejar este mundo, unos momentos sombríos. No muere cantando como el Poverello. Es en Roma, en la Vía di Papa. Apenas ha cumplido treinta y tres años; pero yace sobre unas tablas luchando con la muerte. Y con el diablo. Los caterinatos la rodean, y uno de ellos nos dice: «Poco después de recibir la Extremaunción, cambió de aspecto y empezó a mover la cabeza y los brazos, como si sufriese violentos ataques de los espíritus infernales. El combate se prolongó por espacio de media hora. Luego empezó a exclamar: «Pecavi, Domine, misere mei.» Repitiólo sesenta veces, y a cada vez levantaba el brazo y lo dejaba caer pesadamente sobre su lecho. Luego se metamorfoseó completamente; su rostro, antes ensombrecido, volvió a ser como el de un ángel; los ojos, hasta entonces empañados de lágrimas, adquirieron tan gozoso resplandor, que nos fue imposible dudar que, sublimándose a la superficie de un océano sin fondo; había sido devuelta a sí misma; y esto dulcificó nuestro pesar, puesto que nosotros, sus hijos y sus hijas, que la rodeábamos, estábamos profundamente abatidos.»

Y LA SEÑORA NO FALTÓ A SU CITA

Parecía que este año, la Romería de la Virgen de la Cabeza, se íba a encontrar con más dificultades que nunca... la crisis, el cobro de un impuesto por acampar en el cerro, el frío, la lluvia...
Pero la Morenita, fiel a su amor por todos nosotros, hizo el milagro una vez más. Ya se está convirtiendo en normalidad, que a pesar de que esté lloviendo a manta, incluso a la hora de la Eucaristía previa a su salida procesional, en el momento, que su imagen bendita, es portada desde el camarín, hasta el trono, desde el que será aclamada por miles de corazones enamorados, que el tiempo se vaya esclareciendo, que las nubes se retiren, y que dejen que ese Sol bello que es la Señora, ilumine toda Sierra Morena, y desde ahí, al mundo entero.
Y así pasó este año. A la hora de la procesión... el cielo se abrió, para recibir a la Señora.
Pero era tanta la emoción, tantas las lágrimas de las oraciones y de los agradecimientos, que al final, comenzó a llover una suave llovizna... que no consiguió, que ninguno de sus hijos, se separaran de su lado...









ORIGEN DE ESTE AMOR POR LA SEÑORA EN SIERRA MORENA

Un pastor de Colomera (Granada), llamado Juan Alonso Rivas, apacentaba su ganado, cabras y ovejas, en las alturas de Sierra Morena junto a la cumbre del Cabezo. Era cristiano sencillo y fervoroso, quizá algo entrado en años y estaba aquejado de una anquilosis o paralización total en el brazo izquierdo.

Empezaron a llamar su atención las luminarias que divisaba por las noches sobre el monte cercano a donde tenía su hato y a las que se sumaba el tañido de una campana. Finalmente quiso salir de duda y en la noche del 11 al 12 de agosto del año 1.227 resolvió llegar a la cumbre.
A su natural temor sucedió una expresión de asombro y gozo, porque en el hueco formado por dos enormes bloques de granito, encontró una imagen pequeña de la Virgen, ante cuya presencia se arrodilló el pastor y oro en voz alta entablando un diálogo con la Señora.
Imagen de la Virgen de la Cabeza

La Santísima Imagen le expresó su deseo de que allí se levantara un templo, enviándolo a la ciudad, para que anunciara el acontecimiento y mostrara a todos la recuperación del movimiento en su brazo y de esta forma, dieran crédito a sus palabras. Bajó a la ciudad y anunció el suceso que no tuvieron más remedio que creer ante le testimonio de su brazo curado.
 

Imagen original de Ntra. Sra. de la Cabeza hallada en 1227 por el pastor Juan Alonso de Rivas y desaparecida en la guerra civil española.