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viernes, 17 de septiembre de 2010

BEATO FRAY LEOPOLDO DE ALPANDEIRE, UN MILAGRO DE SENCILLEZ Y HUMILDAD

El pasado 12 de Septiembre, fiesta del Dulce Nombre de María, la Iglesia de Granada, la Iglesia Universal, celebraba con gran alegría, la incorporación al número de los beatos, de Fray Leopoldo de Alpandeire, un verdadero milagro de sencillez y humildad, para todos los cristianos.
Desde la Parroquia de Íllora, fuímos dos autobuses a la celebración eucarística, en la que se íba a anunciar el decreto de beatificación del siervo de Dios Fray Leopoldo de Alpandeire.
Son muchas las personas de Íllora, que le conocieron, cuando llegó a nuestras tierras, pidiendo limosna por "amor a Dios". Su confesor además, era de estas tierras, Fray Benito de Íllora, por lo que la vinculación con nuestro pueblo era manifiesta.
La celebración fué inolvidable, emocionante, muy bien organizada, y con una multitud de fieles, que daban gracias a Dios, por el don de este humilde fraile capuchino.
No podemos dejar en
estas páginas de recoger estos momentos, primero por la admiración que sentimos hacia la vida, la fe, y la intercesión de Fray Leopoldo. También porque si había algo que destacó en su vida, fué su profunda devoción y amor por la Santísima Virgen María. Y además, porque ya en la pila bautismal de su pueblo natal, Alpandeire, en la serranía de Málaga, la imagen que ha presidido siempre dicha capilla, es la imagen de la Virgen del Carmen, algo que nos une emocionalmente.
Que el recuerdo de su vida, de la celebración de su beatificación, sea una alabanza a Dios, por seguir haciendo maravillas en las personas más sencillas y humildes de la tierra.

La biografía de su vida ha sido tomada de la página: frayleopoldo.org/biografia.htm

EL SENCILLO TESTIMONIO FRANCISCANO DEL LIMOSNERO CAPUCHINO MUERTO EN GRANADA, EN 1956”.

“Fr. Leopoldo, el místico de la humildad por las calles de Granada”



El 9 de febrero de 1956, en el corazón de la noche, se apagaba en Granada Fr. Leopoldo de Alpandeire. La muerte llegaba, pasada la media noche, pero con las primeras luces del alba, la noticia corría de boca en boca y comenzaba un desfile inesperado de personas que pasaba ante sus venerados restos, expuestos en la iglesia de capuchinos, para darle el último adiós, tocar su cuerpo con toda clase de objetos: pañuelos, rosarios, estampas..., culminando con un multitudinario funeral en el que no faltaron las autoridades civiles y religiosas.
Objetivamente había muerto un religioso anciano de noventa y dos años que no gozaba de grandes méritos por obras clamorosas a favor de la ciudad, que no pertenecía a dinastías nobles, ni a linajes de abolengo, que no había hablado desde cátedras o púlpitos, porque no brillaba por su saber, Tampoco había dejado su convento para hacerse misionero en tierras lejanas. Era sólo un humilde hermano capuchino que había recorrido las calles de Granada pidiendo la “limosna” de puerta en puerta, durante 50 años. La sorpresa suscitada por la llegada de tanta gente, sin haber sido llamada bajo forma alguna de propaganda, contiene, al menos implícitamente, una duda. La sorpresa nace cuando sucede algo que nadie esperaba y esconde dentro o tras de sí una duda.
Estas dudas expresan un estado de ánimo para poder entrar dentro de la perspectiva específica de la santidad de Fr. Leopoldo. La duda con las ambivalencias que lleva consigo, es el hilo conductor para seguir un componente de la espiritualidad cristiana, emparentado con todos los demás, y que podemos llamar mística del anonadamiento.
Dudaron de manera ambivalente entre la sorpresa y la duda muchos contemporáneos de Jesús, comenzando por sus propios paisanos que, “admirados de sus propias palabras”, comentaban: “Pero, ¿no es éste el hijo de José, el carpintero?, Y ¿su madre no se llama María” (Luc. 4, 22 y par.).
Es la mística de las “personas sin importancia”, “humanamente poco dotadas”, de las que se sirve Dios para realizar su obra. La figura de Fr. Leopoldo debe ser colocada en este filón de la espiritualidad evangélica, puesta particularmente de relieve por el franciscanismo.
Es clásica en el cap. X de Las Florecillas la pregunta de Fr. Maseo a san Francisco: “Por qué todo el mundo va detrás de tí? y la respuesta de san Francisco: “... porque no hay entre los pecadores nadie más grande ni vil que yo”.
Esta página de Las Florecillas traduce, casi como si se tratara de una representación sacra, un concepto bíblico presente en el Magnificat y en la primera Carta a los Corintios.
En el Magnificat María reconoce en sí misma el modo de actuar de Dios que “ha mirado la humildad de su sierva” (Luc. 1, 47). En la primera Carta a los Corintios, Pablo manifiesta el mismo modo de obrar: “Dios ha escogido lo necio del mundo para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes, a los plebeyos y despreciados del mundo ha elegido Dios, a los que no son nada, para anular a los que son algo” (1 Cor. 1, 27-29).
En esta perspectiva el carisma franciscano ha creado sugestivos testimonios de formidables “personas sin valor ni importancia alguna”. Fr. Junípero, en los orígenes del franciscanismo. También entre los capuchinos, san Félix de Cantalicio, san Serafín de Montegranario, san Crispín de Viterbo, san Conrado de Parzhan, san Francisco de Camporroso, san Bernardo de Corleone, Beato Nicolás de Gésturi...; ellos sabían sobre todo vivir entre los últimos, junto a los hombres sin importancia, habían escogido, evangélicamente, los últimos puestos. Entre ellos Dios ha elegido a muchos de sus colaboradores, comenzando por los apóstoles.v La mística del anonadamiento o de la identificación con los últimos, con los que no cuentan, trae su origen de la Encarnación del Hijo de Dios, que se ha “anonadado”: “se vació de sí mismo y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres” (Filp. 2, 7).
Una atención del todo particular merece aquí a este respecto la figura de Fr. Leopoldo de Alpandeire, en cuanto que se coloca entre los últimos modelos de aquella hilera, ocho veces secular, de hermanos limosneros, de aquellos pobres evangélicos que se encuentran a un nivel de mendicidad por opción, por vocación y por elección. Es éste un momento importante para la puesta a punto de un carisma que el cristianismo proclama no tanto con la fuerza de una motivación teológica, sino sobre todo con el testimonio existencial, ascético: el carisma que reivindica al hombre como valor altísimo del universo. En la sociedad del bienestar aun queda sitio para figuras como Fr. Leopoldo. El fue un humilde limosnero por las calles de Granada y, con su vida silenciosa, se transformó en un mensaje elocuente del amor misericordioso de Dios. De religioso “buscador” para ayudar a las necesidades de los demás, se convirtió en religioso “buscado”. El siguió de cerca el ejemplo de san Francisco, el cual invitaba a todos a seguir el camino del bien más con el ejemplo que con las palabras.
Durante 35 años, Fr. Leopoldo se llamó Francisco Tomás. Había nacido en Alpandeire, pueblecito de la serranía de Ronda en la provincia de Málaga, un 24 de junio de 1864. Fueron sus padres Diego Márquez y Jerónima Sánchez, que, además, tuvieron otros hijos. De sus padres, Francisco Tomás, aprendió los buenos modales, los principios cristianos y las prácticas religiosas. De niño cuidaba el pequeño rebaño de ovejas y cabras de la familia y pronto aprendió a cultivar la tierra: arar, sembrar, segar, trillar...Trabajó sin descanso. ¡Siempre trabajó sin descanso! Ya de niño tenía un “corazón de oro”, grande e inmenso como el cielo, profundo como el océano. Ni aun de niño se cerró, egoísta, a la compasión. Entre trabajos y rezos pasó su juventud. Todo transcurría con normalidad, su vida se desliza como el agua de un arroyo que, oculto entre las zarzas, serpentea montaña abajo. Vivió santamente. Entre su familia echó las raíces de su santidad. Su vida en el siglo fue como un noviciado, una preparación para la vida del claustro.
Un día, oyendo predicar sobre el Beato Diego, en Ronda, con ocasión de las fiestas de beatificación del taumaturgo capuchino, decidió hacerse capuchino como él, vistiendo el hábito el 16 de noviembre de 1899, en Sevilla. Su ingreso en religión no fue una conversión clamorosa, no supuso un cambio radical de rumbo en su vida, le bastó sólo con sublimar compromisos y actitudes hasta entonces cultivadas. La azada lo perseguía como fiel compañera mientras él continuaba cultivando la huerta de los frailes. Para entonces ya había aprendido a sublimar el trabajo, a transformarlo en oración y en servicio a los hermanos. Como todos los santos hermanos capuchinos, Leopoldo fue un gran trabajador, ya que, como ellos, estaba convencido de la virtud redentora del esfuerzo humano. Reflexionando sobre este aspecto de la vida de estos santos hermanos, se ha querido hacer una espiritualidad sobre el trabajo.
Leopoldo llegó por primera vez a Granada el otoño de 1903, y durante los primeros años (ignoramos concretamente hasta cuando) desempeñó el oficio de hortelano. El trabajo y la soledad del convento hicieron crecer en él la ascesis y la mística. Como escribe uno de sus biógrafos, fue un “contemplativo entre el agua de las acequias, las hortalizas, los frutales y las flores para el altar”.
La santidad no se improvisa, pero hay que construirla día tras día. Acabado el noviciado y hecha la profesión, pasó cortas temporadas como hortelano, ayudante de cocina, en los conventos de Sevilla, Granada y Antequera.
En 1914 llegaría por segunda vez a Granada, donde permanecería hasta su muerte. Allí ejerció como limosnero durante 50 años, recorriendo los pueblos y provincias de la Andalucía oriental. En la España difícil de los años treinta del siglo pasado, Fr. Leopoldo recibió insultos y amenazas de muerte, casi todos los días, con frecuencia lo apedreaban y una vez escapó de la lapidación porque intervinieron en su defensa algunos hombres valientes. Pasados aquellos años difíciles, Fr. Leopoldo, en su diario quehacer de limosnero, seguiría recorriendo las calles de Granada, pidiendo el pan material para sus hermanos y, devolviendo a cambio, su oración, fruto de ese mundo sobrenatural en el que él vivía inmerso; así, en la medida en que avanzaban sus años, se iría haciendo popular su figura y agigantándose su santidad.
Es en su tarea de todos los días, donde Fr. Leopoldo había encontrado el modo de derramar sobre todos la bondad divina: rezaba tres Ave Marías. La devoción a la Virgen nace en su misma infancia, cuando de pastorcillo, pasaba el día rezando el rosario. Devoción que luego de capuchino se hizo singular y extraordinaria. “Vamos a rezarle tres Ave Marías a la Santísima Virgen”, repetía una y otra vez, cuando alguien le pedía un favor. Era su manera de poner a la Virgen como intercesora ante su propio Hijo. Quienes le conocieron, dicen que cuando decía : “Dios te salve, María, llena eres de gracia”, parecía como si estuviese viendo y hablando con nuestra Señora.
En el ocaso de su vida, un acontecimiento relevante nimbó la monotonía de sus días. Fue la celebración de sus bodas de oro de religioso. El P. Benito de Illora, su confesor, preparó el acontecimiento. Hubo bendición del papa Pío XII, telegrama del P. General de la Orden, misa presidida por el P. Provincial y tantos bienhechores que quisieron acompañarlo en la celebración. El hecho fue recogido en el periódico local. Fr. Leopoldo, al tener noticia de ello, comentó a un religioso: “Ya ves, hermano, nos hacemos religiosos para alejarnos del mundo y, ahora, hasta nos sacan en los papeles”.
El paso del tiempo se hacía notar. Caminaba lentamente. No es difícil comprender que la pérdida de salud se debía principalmente a su austeridad de vida, a las penitencias voluntarias, al sufrimiento producido por sus enfermedades. Siempre iba por la calle con los pies en el suelo, el corazón en el cielo y el rosario entre las manos, como san Félix de Cantalicio, el primer santo de la Reforma Capuchina. Iba por Granada silencioso, recogido y en actitud contemplativa, siempre edificante, suscitando, a su paso, la admiración de la gente que se acercaba a besarle el cordón, a darle una limosna o a pedirle una oración por algún problema o necesidad. De sus ojos emanaba una belleza única, límpida como el azul del cielo, reflejo de su candor interior, que se transformaba en paz y serenidad.
Tres años antes de su muerte, pidiendo la limosna, cayó rodando por unas escaleras y sufrió fractura de fémur - dicen que le empujó el demonio - . Sin operación alguna, debido a su avanzada edad, los huesos se anudaron y Fr. Leopoldo regresó al convento y pudo caminar, con la ayuda de dos bastones. Así pudo entregarse totalmente a Dios que había sido la única pasión de su vida.
El misterio de su anonadamiento llegó un día a su fin. “Estoy como Dios quiere”, había repetido en vida muchas veces Fr. Leopoldo. “Estando como Dios quiere estoy contento”. “Hagamos todo por amor”. Fr. Leopoldo, como Francisco de Asís, se había transformado en otro Cristo crucificado. La luz de su vida se apagó una fría mañana del 9 de febrero de 1956. Y, desde su popular y clamoroso entierro, su vida sigue iluminando a cuantos, por su intercesión, se acercan a Dios. Su sepulcro en Granada, es visitado por un sin fin de devotos que son prueba evidente de los dones que Dios sigue derramando a través de la humildad de su siervo.

L’Osservatore Romano, 17-18 febrero 2003


Fr. Alfonso Ramírez Peralbo
Roma – Postulación General OFMCap.


Fotografías de Granada de Juan Manuel Gómez Segade, con nuestro sincero agradecimiento.


CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA DE LA BEATIFICACIÓN DE FRAY LEOPOLDO.

La cantante Rosa, abrió la celebración con el canto del "Ave María", que nos llenó a todos de una intensa emoción:




Homilía en la celebración Eucarística de la Beatificación de Fray Leopoldo

Angelo Amato, SDB




Excelencias Reverendísimas, Reverendos Padres Capuchinos, Reverendos Sacerdotes y Reverendas Religiosas, Autoridades civiles y militares, queridos hermanos,

1. La beatificación de Fray Leopoldo es hoy un acontecimiento de gran alegría y de júbilo inmenso para todos, de modo especial para la ciudad de Granada y para los beneméritos Padres Capuchinos, que tantos testimonios de santidad han dado a la Iglesia y al mundo. Fray Leopoldo, que desde el cielo se alegra al vernos aquí reunidos en oración, es otra piedra preciosa que embellece, con el esplendor de su existencia religiosa, la gloriosa Orden de los Capuchinos.
Un agradecimiento especial va dirigido a nuestro Santo Padre, Benedicto XVI, que con la carta Apostólica ha concedido el título de Beato a Fray Leopoldo de Alpandeire, exaltando su vida ejemplar de oración, de humildad y de su cercanía a los pobres y afligidos.
Como Moisés, también Fray Leopoldo, fue durante toda su vida un hombre de oración que suplicaba a Dios alejara los males de su pueblo y derramara sobre él sus bendiciones (Ex 32,7-14). Fray Leopoldo enseñó el camino de la justicia, según las palabras del salmista: “Enseñaré a los rebeldes tus caminos y los pecadores volverán a ti […]. Señor, ábreme los labios y mi boca proclamará tu alabanza” (Sal 51,14.17). Fray Leopoldo fue el padre bueno, que se alegra del arrepentimiento del hijo rebelde y organiza una fiesta cuando regresa a la casa paterna (Lc 15,1-32)-
La liturgia eucarística de hoy subraya así la figura espiritual del Beato Leopoldo. Pero, ¿quién era en realidad Fray Leopoldo? Hemos escuchado la lectura de algunos de sus rasgos biográficos, por lo demás bastante conocidos por todos vosotros.
Permitidme compartir con vosotros algunas impresiones mías sobre esta extraordinaria figura de Hermano Capuchino Limosnero, cuya existencia se desarrolló casi toda en esta ciudad.

2. Si Granada es conocida en todo el mundo por La Alhambra (el castillo rojo), para muchos devotos diseminados por el mundo, Granada es la ciudad de Fray Leopoldo, la ciudad afortunada que ha contemplado el espectáculo glorioso de la santidad del Beato Leopoldo. Por eso, Granada en el 2006 nombró al humilde hermaníco limosnero Hijo adoptivo de la Ciudad.
Sin embargo, cuatro siglos antes, otro gran héroe de la caridad, san Juan de Dios, había recorrido las calles de Granada, realizando milagros y construyendo grandes obras de acogida y de asistencia para los enfermos y los pobres de su tiempo. Como san Juan de Dios, también el Beato Leopoldo recorrió día tras día, durante cincuenta años, las calles de esta maravillosa ciudad, edificando al pueblo de Dios con su caridad y su bondad. Fray Leopoldo quería santificarse imitando a otros grandes santos capuchinos, laicos y limosneros como él, como el romano san Félix de Cantalicio (1515-1587), el sardo san Ignacio de Láconi (1701-1781), el genovés san Francisco de Camporroso (1804-1866). Se cuenta que en la fiesta de san Félix de Cantalicio, hermano limosnero y primer santo capuchino, Fray Leopoldo preparaba las rosquillas que se bendecían en la misa conventual y luego se regalaban a los bienhechores1. Como para san Félix, analfabeto, pero lleno de sabiduría para las cosas espirituales, también para nuestro Beato su libro era Jesucristo Crucificado y las únicas letras que conocía eran seis, cinco rojas y una blanca: las cinco letras rojas eran las llagas del Crucificado, la letra blanca era la Bienaventurada Virgen María.

3. Caridad, humildad y devoción mariana son los rasgos distintivos de su santidad. Todos los testigos afirman que Fray Leopoldo tenía un corazón de oro. Desde su infancia se había mostrado generoso y caritativo. Era habitual en él compartir su merienda con otros pastorcillos más pobres. Un día distribuía a los pobres el dinero, ganado con tanta fatiga en los duros meses de la vendimia de Jerez. Al verlo, el hermano mayor lo reprochó y le quitó de un manotazo el monedero. No pudiendo ya repartir más dinero, el joven Francisco Tomás entregó sus botas al pobre siguiente con el que se encontró2.
Su vida estuvo tejida de trabajo y de oración. De capuchino, trabajó como hortelano, portero, sacristán, limosnero y, si hacía falta, como enfermero para cuidar a los enfermos y a los ancianos del convento. Pero su verdadero apostolado fue el de limosnero de su convento. Como hermano limosnero, se cargaba con las alforjas a las espaldas, como Jesús con la cruz, y así caminaba pidiendo limosna. Se hacía pobre para mantener a sus hermanos.
Recibía de la gente buena la limosna material, devolviendo a cambio la caridad de su bondad, de su serenidad, de su consejo. Siguiendo el ejemplo de san Francisco, nunca fue un ladrón de limosnas. Pedía y recibía sólo por amor de Dios. Con frecuencia recibía insultos, apedreamientos y una vez estuvo a punto de que lo lincharan. Pero los niños y la gente sencilla lo acogían jubilosos, porque hablaba de la bondad de Jesús y les señalaba el camino del cielo.
Cierto día un grupo de segadores le grito: “Vagabundo, trabaja en lugar de ir por ahí dando vueltas. Ya nos podrías echar una mano”. Fray Leopoldo se acercó y se puso a trabajar con ellos, dejándolos atrás por su habilidad de campesino. Les dijo que había sido un campesino como ellos y que en el convento cuidaba de la huerta: “Hermanos, soy uno más como vosotros”. Esto le permitió que lo mirasen con respeto e, incluso, pudo enseñarles un poco de catecismo3.
Una vez entró en un comercio de Plaza Bib-Rambla. Aquel día el dueño había vendido poco y no sólo no le dio la limosna, sino que lo insultó gravemente. El Siervo de Dios escuchó con paciencia y se alejó. Al día siguiente regresó y le dijo: “Hermano, recemos a la Santísima Virgen tres Ave Marías”. Aquel hombre, conmovido, las rezó y durante un poco de tiempo Fray Leopoldo pasaba por allí para rezar las tres Ave Marías.
Llegó el tiempo triste de la persecución religiosa (1930-1939), que quería acabar con la Iglesia. Conventos quemados, religiosos y monjas expulsados o asesinados. Sin un proceso legal fueron asesinados 13 obispos, más de cuatro mil sacerdotes y religiosos y cerca de trescientas religiosas. Según los historiadores, una hecatombe de estas magnitudes en el breve periodo de pocos meses, no se había conocido ni siquiera durante los tres siglos de las persecuciones romanas y ni en la misma revolución francesa. Los capuchinos españoles asesinados bárbaramente fueron un centenar. Fray Leopoldo sabía los riesgos que corría pidiendo limosna por las calles de Granada. Muchos le ahorraron porque los defendían los pobres, los cuales reconocían “es un pobre como nosotros”. Incluso los más acerbos anticlericales admiraban su mansedumbre, exclamando: “¡Si todos fueran como él!”.
Era caritativo incluso en los juicios sobre los demás excusando y justificando a todos. Decía la verdad, pero con caridad. Un día le preguntaron si consideraba santo a un compañero, que en modo alguno era ejemplar. Fray Leopoldo respondió: “Es santo a su manera4”.

4. Su caridad venía acompañada de una extraordinaria humildad. Un día nuestro Beato entró en el Café Suizo y se acercó a una mesa. Recibió insultos y golpes. Cayó por tierra. Levantándose, dijo con humildad: “Me habéis golpeado y tirado al suelo; ahora, por favor, dadme la limosna por amor de Dios5”.
Toda Granada pedía oraciones y consuelo a Fray Leopoldo. La gente piadosa le decían con frecuencia: “Fray Leopoldo, rece por mí, porque Usted es un santo”. Enseguida respondía: “Santo no, no soy un santo. Santo es el hábito que llevo6”.
Era enemigo de las alabanzas y rechazaba la adulación. La gente no se le acercaba solamente por su caridad, por su fama de milagrero, por sus consejos llenos de sabiduría. Lo buscaba, sobre todo, por su humildad, lo veían como un verdadero amigo de Dios y del prójimo No manchó nunca su corazón con la soberbia. No se subió nunca al pedestal de la gloria. Jamás se jactó nunca de nada. En comunidad buscaba siempre retirarse al rincón más escondido. Cuando celebró los cincuenta años de profesión, el 16 de noviembre de 1950, un periódico de Granada escribió artículos llenos de estima y de alabanza. Fray Leopoldo sufrió mucho por ello: “Qué apuro, nos hacemos religiosos para servir al Señor en el retiro y ahora nos sacan hasta en los periódicos7” . No le gustaba ser fotografiado. Lo consentía sólo cuando se lo ordenaba el superior.
La humildad le permitía incluso corregir al prójimo, sobre todo a los que blasfemaban. Un día un trabajador, a penas lo vio, comenzó a blasfemar. Fray Leopoldo se acercó y le dijo: “Si quieres ofender al fraile, hazlo, pero no ofendas al Señor”. El hombre lo escuchó con mucho respeto y se avergonzó de lo que había hecho8. Otro día un lechero blasfemaba cerca del Convento de la Encarnación porque se le había derramado la leche de la cántara. Fray Leopoldo se acercó al pobrecillo y le dijo que el nombre de Dios había que invocarlo solamente para alabarlo. El lechero pidió disculpas diciendo que había perdido el jornal de aquel día. El Siervo de Dios lo socorrió con el dinero recibido de la caridad, recomendándole que alabara siempre el nombre del Señor9.

5. Además del Crucifijo del Cristo del Perdón, tenía gran devoción a la Santísima Virgen con el rezo del Ave María. Las tres Ave María eran su Magnificat. Del corazón de nuestro Beato, esta oración se elevaba como una paloma hacia las blancas cumbres de Sierra Nevada hasta llegar al corazón de la Virgen María. Las tres Ave María tenían siempre la misión de cambiar el agua del dolor y de la tristeza en el vino del consuelo y de la alegría. Ante las miles de preguntas y peticiones de todo tipo, la respuesta de Fray Leopoldo no consistía en muchas palabras o en consideraciones especialmente elevadas, sino que era sencilla y concreta: querido hermano, querida hermana, reza con fe tres Ave Marías a la Divina Pastora. Fray Leopoldo tenía absoluta confianza en la eficacia de esta oración mariana. Cuando entraba en las casas saludaba siempre con el rezo de las tres Ave Marías. Dice un testigo: “Aquellas Ave Marías las rezaba con tanta piedad que me hacía pensar que valían más que los 365 rosarios que yo rezaba en un año10”.
Un día, en contra de la opinión de los vecinos, entró en una casa de la Calle de la Cruz, donde vivía una mujer casada que llevaba una vida desordenada. Fray Leopoldo entró, visitó las habitaciones y sin saber quién era la mujer, le aconsejó que sirviera y amara mucho al Señor y a la Virgen María. En el momento de la despedida, la señora lo acompañó a la puerta, rogándole que volviera siempre que quisiera por su casa. Desde entonces, la señora cambió de vida. Cuando murió el Siervo de Dios, la mujer pasó toda la noche rezando, sin alejarse de allí. Decía: “Desde que entró el Siervo de Dios, en mi casa reina la paz y la serenidad11”.
Un hermano, viendo que Fray Leopoldo tenía muchos rosarios ordenados encima de su mesa, le preguntó el por qué. Nuestro Beato respondió que los fieles, cuando compraban los rosarios, deseaban que un fraile los inaugurara rezando. Como en el convento él era el religioso más anciano, los hermanos le llenaban la mesa con todos aquellos rosarios. Fray Leopoldo estaba contento de poder rezar a la Virgen por las intenciones de aquellos piadosos devotos.
Se cuenta aún este hecho. Frente al convento de los capuchinos de Granada se encuentra el monumento más antiguo de España a la Inmaculada, el monumento del Triunfo. Fray Leopoldo un día escuchó que querían quitarlo de allí y llevarlo a otro lugar. Pero él temía que fuera éste el pretexto para dejar a Granada sin la protección de la Virgen. Por esto recurrió a todas las autoridades civiles y por último al alcalde de la ciudad, quien le aseguró que el traslado no se llevaría nunca a cabo. Fray Leopoldo que confiaba sobre todo en Dios y en la Virgen, al salir de su conversación con el alcalde empezó a rezar con gran fe las tres Ave Marías, seguro de que la Virgen habría oído favorablemente su deseo. Hoy, el monumento del Triunfo se encuentra todavía allí, con su bellísima fuente y con sus nuevos y floridos jardines.

6. La caridad de Fray Leopoldo venía acompañada de dones extraordinarios y de muchas otras virtudes. Mientras vivió se le atribuyeron varias curaciones e incluso algunas profecías que más tarde se verificaron. Una de éstas está relacionada con la familia Velasco que, durante la guerra civil, había decidido irse a Madrid, a casa de unos familiares, para huir de la persecución. La noche antes de su partida, con el permiso del guardián, Fray Leopoldo salió del convento y se dirigió hacia la casa de esta familia para aconsejarles de que se quedaran: “No os vayáis, aquí estaréis seguros”. Se quedaron. Después de un tiempo supieron con gran dolor que sus familiares en Madrid habían sido asesinados todos12.
Nuestro Beato rezaba mucho. A menudo se pasaba la noche entera, parte en pie y parte de rodillas, adorando al Santísimo Sacramento. A los hermanos más jóvenes les solía decir: “Hermanos, los ojos en el suelo y el corazón al cielo13”.
Era alegre, sereno, afable, comprensivo, educ
ado e ingenioso. La buena gente de Granada se le acercaba y con las tijeras, sin que él se diera cuenta, le cortaba un pedacito de la cuerda como reliquia. Al superior que se sorprendía por la continua petición de cuerdas nuevas, Fray Leopoldo le respondió: “Padre, no sé qué pasa con las cuerdas de hoy en día, al segundo lavado encogen14” . Fray Leopoldo era una reliquia viva.
Un fraile se preguntaba: “¿Por qué a ti? ¿Por qué todos buscan con gran afán tu
sepulcro, tus reliquias y tus estampas? Tú no eres ni alto ni gallardo, no eres robusto ni arrogante, ni rico ni elocuente, ni culto... ¿Por qué?”. Y la respuesta a esta pregunta era: “Tu eres sencillamente un faro de Dios para los hombres15”.
El Beato Leopoldo era un hombre de Dios, humilde, bueno y caritativo, como el padre misericordioso del hijo pródigo del Evangelio de hoy. La Iglesia, cuando habla de bondad no enseña una idea abstracta del bien, sino que ofrece ejemplos concretos de mujeres y de hombres buenos, en los que se puede contemplar el esplendor de la bondad. Fray Leopoldo era un hombre justo que, irradiando caridad y humildad, hacía posible una convivencia más humana en la Granada de su tiempo. Con su oración rogaba a Dios que visitara a su pueblo, atrayendo de esta manera la abundancia de las gracias celestiales.
Los santos son el valor añadido de nuestra civilización. Nuestro Beato es una señal luminosa de la protección divina sobre la humanidad necesitada de consuelo y de esperanza. Sin los santos una ciudad es como un cielo sin sol y una noche sin estrellas. Los santos oxigenan la atmósfera de nuestra tierra con el perfume de su caridad.
Como los artistas que trabajan el mármol, quitando lo superficial para que emerja la estatua, de igual manera los santos, como los artistas de la belleza de Dios, quitan de su propia humanidad lo que es superficial e inútil, para hacer surgir la esencia y la perfección misma de Dios. Fray Leopoldo era el artista de Dios. Mant
eniendo la mirada fija en la bondad y en la verdad de Dios, transfiguró su propia humanidad enriqueciéndola de belleza sobrenatural.
En este día de fiesta, rogamos al Beato limosnero, que continúe protegiendo la ciudad de Granada, sus habitantes y a todos los fieles que recurren a su intercesión. Pero sobre todo, imitemos de él la caridad y la bondad, perdonando, edificando y beneficiando a nuestro prójimo. Para los santos no hay buenos ni malos, ni ricos ni pobres, ni de derecha ni de izquierdas. Para ellos todos son hijos de Dios. Los santos no dividen, sino que unen, no juzgan sino que perdonan, no odian sino que aman.
Se dice que el Señor había revestido a Granada de tanta belleza que incluso las estrellas del cielo se detienen para admirarla. Hoy las estrellas se han parado para admirar sobre todo la gloria de nuestro Bienaventurado Hermano Limosnero.

ORACIÓN A FRAY LEOPOLDO


Oh, Dios que dijiste: "El
que se humilla será ensalzado", vuelve los ojos de tu misericordia a las virtudes que practicó tu fiel siervo Fray Leopoldo y haz que también nosotros vivamos humildes y puros en tu santo servicio. Dígnate glorificar a tu siervo en la tierra y concédenos por su intercesión la gracia que te pedimos, si es de tu divino agrado. Amén.

JACULATORIA

¡Pastora divina de las almas! Por la filial y tierna devoción que te profesó Fray Leopoldo, dígnate interceder ante la Santísima Trinidad para obtener la gracia que te pedimos.(Tres Avemarías).


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