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domingo, 29 de junio de 2014

LA CELEBRACIÓN DEL CORPUS CHRISTI EN GRANADA CAPITAL


La fiesta del Corpus es una fiesta preciosa
siempre; preciosa porque es como un resumen, 
ya fuera del ciclo anual de las celebraciones del 
misterio de Cristo. Justo un resumen de todo 
ese misterio: la Encarnación, el ministerio 
público, las enseñanzas de Jesús, su Pasión, 
su beber el cáliz de nuestra humanidad hasta la 
muerte más traidora, (…), hasta la soledad 
absoluta del Sepulcro (Él “bajó a los infiernos”, 
que decimos en el Credo), su Resurrección 
gloriosa, su triunfo sobre la muerte y el pecado, 
la introducción de nuestra carne en la vida de 
Dios, en el Reino de los Cielos, y la 
comunicación del Espíritu Santo. Todo eso que 
lo largo del año vamos mirando, como se mira 
una obra de arte o como se escucha una pieza 
musical que hay que escucharla desde el 
principio al final, o como se contempla una 
estatua que hay que contemplarla dando vueltas 
a la estatua por fuera, o un edificio, que hay que 
contemplarlo dando vueltas por dentro para ver 
todas sus perspectivas, todos sus aspectos: 
todo eso aparece como reunido, recogido, en 
esta fiesta del Corpus.

Y aunque sea una fiesta relativamente tardía, 
celebramos los 750 años de la Bula en la que el 
Papa instituyó esta fiesta justo en un momento 
en el siglo XIII en que se apuntaban los primeros 
indicios de una revolución (…), en el mundo de 
la teología, una revolución que todavía no ha 
terminado, y de la que la Iglesia necesita todavía 
recuperarse. Y el Concilio Vaticano II ha sido un 
esfuerzo de esa recuperación. Y la vida y el 
magisterio de los Papas después del Concilio 
(…), en la dirección del Concilio, nos lleva 
justamente hacia esa recuperación de nuestras 
fuentes.

La fiesta del Corpus se instituye en el siglo XIII 
donde empiezan a vislumbrarse los primeros 
signos del capitalismo, justo en el siglo XIII, en 
Italia. Empiezan a vislumbrarse los primeros 
signos de ese voluntarismo moralista que 
reducía lo sacramental y la fe a los márgenes de 
la realidad. Empezaba a apuntarse los primeros 
escritos que justifican el totalitarismo (“El 
príncipe”, de Maquiavelo, está escrito poco 
tiempo después de eso). Es decir, empiezan a 
verse los síntomas más virulentos de lo que nos 
traería por ejemplo el siglo XX, las guerras 
mundiales, esa especie de fiebre de violencia 
que reduce las relaciones humanas a las 
relaciones de poder y que deja fuera la gracia 
de Cristo, la misericordia infinita hecha carne en 
nuestra carne y la vida sacramental, porque en 
esa mentalidad los Sacramentos quedan 
reducidos a ritos donde se nos enseñan más o 
menos o se nos dan motivos para ser buenos, 
pero no se celebra la Presencia de Cristo en 
nuestro mundo, la siembra de la vida divina en 
nuestra carne, la humanidad transfigurada por 
el amor infinito de Dios.

Esa fiesta, el pueblo cristiano ha intuido 
inmediatamente que tenía un valor especial, que 
tenía un signo especial y vuestra presencia aquí 
esta mañana no hace más que poner de relieve 
y de manifiesto toda la profundidad 
intuitivamente, porque no hace falta saber gran 
teología: es el sentido de la fe del pueblo el que 
dice aquí está el Señor y eso es lo que 
celebramos. 






















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