ADÓRALE A ÉL...

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viernes, 10 de junio de 2016

ENCUENTRO DE ADORACIÓN, DE LA MANO DEL P. ELISEO.



Domingo 8 de Mayo. Desde muy temprano, puesto en pié, celebrábamos primeras comuniones en nuestra comunidad parroquial, y todo lo que esta celebración supone. 
Comenzaron algo después de las doce de la mañana. Estábamos cerrando la puerta del Templo Parroquial, cerca de las tres de la tarde, después de haber recogido, ordenado y dejado todo en su sitio, todo lo que supuso este momento de fiesta para todos, pues no hay fiesta mayor que ese encuentro personal con Cristo en la Eucaristía. 

Después nos reunimos en familia para celebrar el cumpleaños de mi madre, Cloti, el mayor tesoro junto a mi padre, que Dios nos dió a mi hermana y a mí. Y después de relajarnos un poco en el sillón...en medio de la lluvia, que caía intensamente, junto a mi Párroco, tomamos dirección, hacia Alicún de Ortega. 

Con el móvil en mi mano, calculamos la ruta, los kilómetros y el tiempo necesario...nos esperaban unos 130 Km, y casi dos horas de viaje. Llovía a cántaros, pero lo que no me imaginaba, es que la noche, íba a llover a cántaros el amor y la presencia del Señor. 

Al salir de la autovía para incorporarnos a la nacional que lleva a Alicún, descubrimos paisajes que nos sorprendieron, porque pasabas de una tierra fértil en olivos y casi una vega, a zonas en las que el paisaje del desierto, parecía ocuparlo todo, como tu propia vida: momentos de júbilo, de mucho fruto, de parecer que vas a conquistar el mundo con sólo proponértelo, y momentos de desierto, de sequedad, de maduración, de darte cuenta que si sólo cuentas con tus propias fuerzas, el mundo te conquista a tí. 

Pasamos por Villanueva de las Torres, Dehesas de Guadix, para ya desembocar en Alicún. 

Y al aparcar en la puerta del primer bar que vimos, en lo que consideramos el comienzo de la Plaza principal, aunque no ponía ningún letrero que indicara dónde estaba la Parroquia, la mirada tierna, profunda y llena de fe, de San Juan Pablo II, que está en uno de los laterales del Templo Parroquial, parecía que era la luz que te indicaba a dónde te debías encaminar. 

En la puerta unas jóvenes, mientras que misioneros de la misericordia, íban metiendo en el Templo lo que necesitaban de megafonía y demás, para una noche, indescriptible. 
Al entrar en el Templo, llama tu atención la imagen de la Virgen de Fátima, franqueada por los tres pastorcillos, en su Camarín del Presbiterio, en esa actitud orante, que es una invitación a centrar nuestra mirada en Jesús Eucaristía, que en el Sagrario nos está esperando. 

Sabor popular del Templo, actitud muy respetuosa de todas las mujeres que se encontraban en él. Y mientras nos dirigíamos a algunos de los primeros bancos, con la mirada ibas reteniendo cada una de las imágenes, que mostrándonos el amor de Jesús en su Pasión y muerte, acompañado de María Santísima, y de San Juan, y bajo la mirada atenta de San Miguel Arcángel, todas te dirigían, al Amor de los Amores... 

Fuimos compartiendo en silencio, desde el tercer banco, el montaje de los altavoces, la llegada de Gladys, la llegada del Padre Eliseo, y cómo todo se disponía, para la Adoración, la Alabanza, la oración. 

Se fueron apagando luces del Templo, quedaban las seis velas que oraban junto a la Custodia, la luz de la Virgen de Fátima, y alguna más en los laterales del Templo...pero una LUZ brilló con toda su intensidad, una LUZ que lo inundaba todo, que llegaba a todos, que traspasaba todo...y Gladys comenzó cantar..."No adoraréis a nadie más que a Él"...no era voz humana, era voz angelical, voz del alma, voz que dejaba fluir los sentimientos, las inquietudes de los que allí estábamos. Esa voz, sólo escucharla, hacía aún más cercana, la presencia de todo un Dios, que en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, venía a nuestro encuentro. 

Y el Padre Eliseo, de rodillas todo el tiempo, a los pies del altar, a los pies de la Custodia, mirándole fijamente a Él, parecía que en diálogo íntimo con Él, íba presentándole, las angustias, los anhelos, la oración personal de cada uno, mientras que a la vez, daba respuesta con su palabra consoladora, con el amor que brotaba de Él, a cada uno, sin necesidad de preguntar, sin casi ni esperar la respuesta. 
Y el tiempo pasó volando...era como si te hubieras introducido en una cápsula del tiempo, en la que todo se hubiera detenido, mientras que el ritmo a su alrededor siguiera su pauta continua. 

Cuando el Padre comenzó a bendecir a los presentes, señal de que con la Reserva, pronto terminaría esa alabanza tan personal y a la vez comunitaria, tan profunda y a la vez tan visible, tan llena de unción y a la vez, tan íntima, era como si la misma presencia del Señor, se derramara desde tu cabeza, por todo tu cuerpo. ¿Cómo poder explicar todo?. ¿Cómo no querer volver a vivir dicha experiencia?. 
Los aplausos al Señor, ponían el broche de oro, a una noche, que con Su presencia se hizo de día, a una adoración, que fué realmente unión plena con Él. Casi hubo que pellizcarse para comprobar que no habíamos estado en un sueño, del que no queríamos despertar. 
Hablar con Gladys, con su hermanos, con los misioneros que nos atendían en la puerta del Templo. Hablar con el Padre, era hablar con quién desde la sencillez y la humildad de su vida, palpitaba a Dios, derrochaba el amor de Dios, comunicaba la ternura de Dios. 

El camino, que de ida pareció un poco largo, apenas lo notamos a la vuelta...y eso que llegamos sobre las una de la madrugada...pero reproduciendo la voz de Gladys en los CDs que nos traíamos, y volviendo a rumiar, todo lo vivido, y las palabras con el Padre...casi en un abrir y cerrar de ojos, estábamos de vuelta en el pueblo. 
Gracias, Señor, por una noche, difícil de olvidar, y con muchas ganas de volver a vivir.






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